Hace unos meses la información giraba en torno a Netanyahu, ahora gira en torno a Trump. No es nada nuevo explicar desastres en base a un personaje, aún funciona el relato de que la II Guerra Mundial y el extermino nazi fueron obra de Hitler y ya se sabe que desconocer y olvidar la historia condena a repetirla. Estas figuras singulares son muy útiles para dar cobertura a quienes realmente mueven los hilos y se benefician, situados discretamente en un segundo plano o incluso en las sobras. Se trata de hacernos creer que eliminando al personaje se elimina el desastre. Nada más lejos de la realidad.
De momento, la excéntrica figura de Trump, un espectáculo en sí mismo, ha servido para sacar del foco el genocidio de Palestina, convertido en la medida de lo que se puede llegar a hacer impunemente. Sin ir más lejos, al amparo del desenfoque, el 23 de diciembre, el Gobierno español aprueba activar una cláusula del real decreto de embargo de armas a la potencia ocupantes (Israel), que le permite autorizar excepciones cuando estén en juego «intereses generales nacionales», como la industria de defensa, la aeroespacial y programas industriales europeos.
Pero Palestina sigue estando ahí y a poco que enfoquemos vemos sigue siendo el cementerio en el que se entierra el cacareado «jardín occidental», con sus declaraciones de derechos humanos y su simulacro de democracia. También es el ejemplo actual de la voluntad de un pueblo de resistir para existir y ahí hay que dirigir el foco.