Síguenos F Y T I T R
Hoy es noticiaEs noticia:
Una nueva era

La vida no se jubila

| Menorca |

No cabe duda de que el comienzo de un nuevo año, aun siendo objetivamente solo el paso de un día a otro, provoca una alteración emocional difícil de ignorar. No cambia nada en lo esencial y, sin embargo, lo mueve todo por dentro. Es un momento que invita a mirar atrás: a veces con añoranza, otras con gratitud, y otras con la incómoda sensación de haber dejado cosas importantes en el camino. Y es también un momento en el que miramos hacia delante, unas veces con esperanza y otras con una inquietud callada, hecha de incertidumbre y de miedo.

Algo parecido ocurre cuando vamos cumpliendo años. Pasamos las hojas del calendario sin esfuerzo, casi sin darnos cuenta, hasta que llega un día concreto en el que ese paso se vuelve pesado. No porque hayamos dejado de ser quienes éramos, sino porque el cuerpo empieza a hablarnos con un lenguaje nuevo y la vida, con toda su intensidad, comienza a notarse.

Seguimos siendo los mismos, quizá incluso mejores en algunos aspectos: más humanos, más comprensivos, más conscientes de lo esencial. Hemos ganado perspectiva, capacidad de comprender, de relativizar. Y, sin embargo, a veces pesa la vida. Pesa el cuerpo. Y pesa esa sensación silenciosa de que lo más valioso ya quedó atrás.

Veo a menudo a personas que han sido grandes profesionales, hombres y mujeres que pusieron lo mejor de sí mismos en su trabajo, que encontraron en él identidad, reconocimiento, sentido. Cuando esa etapa termina, no por elección, sino por edad, algo se descoloca. Lo que nunca imaginaron que les sucedería, sucede. El día se vacía, la rutina pierde significado y aparece una angustia discreta, difícil de explicar, pero muy real.

Las personas que se jubilan de su trabajo no deberían jubilarse de la vida. Dentro de ellas hay todavía mucho que ofrecer: experiencia, memoria, criterio, tiempo, presencia. Pero no basta con decirles que sigan adelante. Necesitan una sociedad que no las aparte, que no las mire con condescendencia, que les haga un sitio de verdad.

Vivimos un tiempo en el que reinventarse en edades maduras es posible. No como una obligación de seguir rindiendo, sino como una oportunidad que dé sentido a nuestra vida. Reinventarse no es empezar de cero, es mirar lo vivido con otros ojos. Es, en el fondo, darle más vida a los años, porque sumar años a la vida sin propósito no basta. Lo importante no es cuánto tiempo tenemos, sino cómo lo habitamos.

Al mismo tiempo, nuestras formas de vivir y de relacionarnos han cambiado. Las familias ya no sostienen como antes a los mayores, y la soledad se ha instalado con naturalidad en muchas vidas.

Por eso hay que hacer un esfuerzo consciente por abrir nuevos caminos. Creer en uno mismo cuando ya no se nos espera. Aprender a estar sin aplausos. Alejar, en la medida de lo posible, la tentación de pensar que ya no se nos necesita. Es verdad que la vida cambia, que desaparecen referentes, amigos, rutinas. El mundo se vuelve más rápido, más ajeno. Pero incluso en ese paisaje nuevo es posible encontrar un lugar propio.

Nos sorprendería saber cuántas personas, pasados los setenta años, siguen vivas por dentro: aprenden, hacen amistades nuevas, viajan, estudian, se apuntan a la universidad o descubren intereses que nunca tuvieron tiempo de atender.

Puede faltarnos energía, y esa energía hay que cuidarla, pero no debemos renunciar a seguir viviendo la vida que nos ha sido dada. Vivir no es solo estar, es seguir implicados, aunque sea de otra manera.

Tal vez no podamos detener el tiempo ni evitar que el cuerpo se canse. Pero sí podemos decidir cómo mirar cada etapa. Seguir encontrando motivos para levantarnos cada mañana, para aprender algo nuevo, para vincularnos, para sentir que todavía formamos parte. Porque mientras haya sentido, mientras haya propósito, la vida no se jubila. Solo cambia de forma.

Les recomiendo el libro de Arthur C. Brooks «La madurez inteligente».

Sin comentarios

No hay ningún comentario por el momento.

Lo más visto