Los gurús de la globalización nos vendieron la moto de que todo el mundo es bueno y cada uno sirve para una cosa y es mejor no mezclar churras y merinas. De ese modo, cedimos todo lo que antes hacíamos nosotros a terceros que, en un momento dado, pueden darte la espalda y dejarte en pelotas. Esto es especialmente aplicable a un territorio limitado, superpoblado y aislado, como es Mallorca. Si antaño los habitantes de las Islas emigraban a Hispanoamérica por que la tierra no daba oportunidades a todos, hoy ocurre lo contrario: necesitamos para todo a los de fuera. Si, por equis motivo, mañana se cortara el tráfico aéreo y marítimo hacia el Archipiélago, en cuestión de horas no tendríamos alimentos ni suministros prácticamente de nada. Hasta la electricidad llega por un cable desde la Península. Y al mismo tiempo que hemos sofisticado al súmum nuestra dependencia del exterior, hemos recibido a cientos de miles de nuevos habitantes. Una bomba de relojería que nadie quiere ver porque los supuestos son tan extraordinarios y críticos que todo el mundo da por sentado que nunca van a ocurrir. Pero ya pasó la pandemia, en la que tuvimos que ser rescatados porque aquí no se generaba un euro y nos tuvieron atrapados durante meses. Quién sabe, ahora que la geopolítica toca extremos inconcebibles de sinrazón, qué puede ocurrir. No estaría de más que nuestros políticos, en vez de centrarse en las chorradas habituales que les tienen entretenidos, iniciaran una revolución hacia la soberanía energética, alimentaria y de recursos básicos por si las moscas. Recordemos que aquí solo cultivamos una décima parte de lo que comemos y nada de medicamentos, combustible y necesidades de todo tipo. Estamos vendidos.
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