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Elogio del apio

| Menorca |

Supongan que han conseguido guisarse una excelente sopa de ajo en cazuela de barro, con pimentón picante, trocitos de jamón y un huevo escalfado, manjar simple y atávico que conviene servir muy caliente, y con un chorrito de aceite de oliva virgen. Parece una ordinariez que jamás haría un chef aspirante a estrella Michelin, y menos si ya tiene alguna, pero es una ordinariez inmejorable, y prueba de que lo zafio y vulgar puede ser a la vez sublime. No es frecuente, pero si ocurre alcanza la perfección. Inmejorable. Y sin embargo, aún cabe mejorarlo si con las cucharadas de sopa ardiente y picante mordisqueas un tallo de apio refrescante, como esos que se sirven con el famoso coctel Bloody Mary, y casi nadie se come por creerlo un adorno. Yo sí que me lo comí de joven mientras bebía muy pensativo, y desde entonces soy un entusiasta del apio.

No es fácil hacer un encendido elogio de algo en estos tiempos sombríos, así que si me lo permiten hoy elogiaré el apio, que aunque no alcance la excelencia de otras hortalizas (alcachofa, cebolla, berenjena), en ocasiones escogidas la supera. Depende del momento y estado de ánimo, es una hierba psicológica que huele muy bien, Y medicinal, según el tratado de plantas medicinales de Font i Quer. De tallo largo y fibroso, con estrías que conviene raspar (si es psicológica, será trabajosa), las pencas blancas de apio, que en cultivo hay que aporcar como los calçots, contienen un jugo casi indescifrable que, oh milagro, solo se parece al apio. Y aunque son muy sabrosos gratinados, o para salsas, sopas y purés, lo mejor es zampárselo crudo.

En la Grecia clásica ya lo hacían, y si no recuerdo mal, el apio aparece nombrado en la Ilíada, por criarse silvestre en las zonas pantanosas de Troya, donde pastaban los caballos durante la guerra. Así pues, se trata de alimento de filósofos, poetas y héroes. Pero no solo eso, porque según algunos expertos, también se encontraron hojas de apio en la tumba de Tutankamón, lo que ya son palabras mayores. Faraónicas. Raro que ningún chef estrella haya reparado en ese dato, de gran efecto culinario. Pero claro, tampoco hacen sopas de ajo como la que yo me zampé el otro día. Con bocaditos de apio.

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