En la larga y rica historia de nuestra Armada, el papel de los segundos comandantes de un buque, es fundamental. Tanto que el «Segundo» es una especie de grado que merece este particular título, sea cual sea el nivel de quien lo ostente. Podría decir lo mismo respecto a las unidades de los otros ejércitos, Tierra y Aire, especialmente entre sus pilotos, que al igual que en la aviación comercial coexisten los dos, conjuntados al máximo, aunque priorizados: primero y copiloto. Siempre me ha parecido un grave error el que los trenes de alta velocidad lleven solo un maquinista al frente. El posible ahorro de personal por la automatización de sus sistemas, ha podido causar accidentes irreversibles como en Angrois (1).
En estructuras piramidales como son las Fuerzas Armadas, el primer jefe representa la máxima responsabilidad y las relaciones con órganos superiores. Pero quienes cargan con el trabajo diario, con el reparto de tareas, con la atención 24 sobre 24 horas de todo lo que pasa en la unidad, son los segundos, hoy en muchos casos, los jefes de Estado Mayor. No queda aquí su función. Nuestra historia militar está plagada de Laureadas y Medallas Militares concedidas a segundos, que se hicieron cargo de su unidad, muertos en combate sus jefes.
La función de segundo no deja de ser además una buena escuela de mando. Si no se ha sido un buen segundo, seguramente nunca se será un buen primero. Aunque también es cierto que hay buenos segundos que no siempre serán buenos primeros.
En la vida real, y no solo en estructuras castrenses, cuando por diversas circunstancias -especialmente ante cambios de orientación política- se cesa al primero, el segundo puede adoptar dos situaciones:
a) solidarizarse con su jefe como corresponsable de sus decisiones y por lealtad, irse con él.
b) sustituirle gozoso, ocupando su puesto.
El caso de la venezolana Delcy Rodriguez es de libro. Largos años inmediata a Nicolás Maduro, asume la Presidencia de la República, dando la impresión de que todo lo anterior no iba con ella; que todas las violaciones de Derechos Humanos, todos los apaños electorales, todas las ventas fraudulentas de petróleo, toda la riqueza mal distribuida entre su población, fueran solo imputables a la persona de Maduro. ¡Los demás, no sabíamos nada! Es más: se la ve gozosa al asumir el cargo, prometiendo una extraña y forzada lealtad al hombre al que públicamente insultó y despreció, sin el menor signo de dolor por la cincuentena de uniformados suyos, muertos en la operación del secuestro. Todo nos lleva a sospechar, algo que flota en el ambiente: ¿Quién facilitó el secuestro? ¿Quién o quiénes eran los topos? Y si ya lo habían pactado, ¿era necesaria esta pérdida de vidas humanas? ¿No hubiera sido mas sencillo desviar un vuelo de avión o helicóptero a un lugar seguro, en lugar de reventar un bunker en mitad de una base aérea?
Nos preguntamos también por los segundones que aparecen ahora en el drama venezolano. La Historia es rica al tratar sobre ellos, especialmente cuando el orden en las fechas de nacimiento y la distinción entre hijos naturales y bastardos, marcaban sus rumbos de vida. Refiere el «Génesis» cómo Esaú vendió su primogenitura a Jacob «por un plato de lentejas». Hoy, son otras lentejas, pero el ser humano se sigue vendiendo.
Sancho Panza es un ejemplo claro de segundón. No habría encontrado relato Cervantes sin su contrapeso respecto a D. Alonso Quijano, el Quijote. Lo mismo podríamos decir de Dª Marina «La Malinche», intérprete, amante y consejera de Hernán Cortés, o de D. Juan Sebastián de Elcano respecto a su primer patrón, Magallanes.
Me pregunto cómo asumen sus nuevas funciones unos segundones como Diosdado Cabello o el otro Rodríguez. O mandos militares -que bien conocí en otros tiempos- obligados moralmente a respetar códigos de conducta y valores, que han visto violar durante años. ¿Se fían de su actual valedor Trump? ¿Son conscientes de que serán usados a conveniencia y a intereses particulares de las empresas petroleras, y luego desechados? ¿Asumen que, siendo un país con las mayores reservas petrolíferas del mundo, han sido incapaces de redistribuir entre su ciudadanía, la riqueza proveniente de su explotación?
Intento imaginar cómo segundos y segundones viven en Venezuela (2) su particular día a día, entre la incertidumbre, la posible denuncia, un incierto futuro. ¿Qué queda de aquellas públicas manifestaciones de adhesión a Maduro? Mejor sería depositar la espada de Bolívar en un museo militar, buscar una sincera reconciliación y trabajar para todos -¡todos!- los venezolanos. No solo para los que creyeron engañados, en aquella «página mal arrancada y leída con ira, del Libro del Evangelio» como es el comunismo.
(1) Prudencia obligada respecto al accidente de Adamuz.
(2) También pienso en España, querido lector.
* Artículo publicado en «La Razón» el jueves 22 de enero de 2026.