Lo reconozco, de un tiempo a esta parte me he dejado en muchos sentidos. Principalmente en el de no salir a correr y en el de comer por encima de mis posibilidades. El día a día se me ha complicado hasta puntos que ni sospechaba y se hace complicado poder mantener una rutina y encontrar esos ratos libres que te permiten disfrutar haciendo deporte. Y claro, al estrés de no poder hacer deporte y tener mucho trabajo, se suma que me da por comer todo lo que me apetece cuando me apetece y como me apetece. ¡Y vaya si me apetece!
Llevo casi 20 años opinando por estas páginas y de tanto en tanto te he ido comentando lo importante que es para mí salir a trotar un rato dependiendo de la locura en la que me he inscrito. Ahora llevo un tiempo en el que la locura viene sin necesidad de ponerse las zapatillas y hasta que me adapte, la verdad es que parece como si alguien me hubiese robado alguna de las 24 horas del día que ya de por sí se me quedaban cortas e insuficientes antes.
Pero lo necesito. Mi cabeza carbura a un ritmo diferente cuando me regalo un rato de terapia de asfalto. También funciona de forma distinta cuando me como un solomillo, una palmera de chocolate o una bolsa de patatilla, pero no es tan natural.
A ver, la parte positiva es que me lo estoy tomando con calma y no me volví majara con el cambio del año y ni me obligué ni me fustigué para ponerme a hacer deporte como si no hubiese un mañana. Me da lo mismo empezar el 2 de enero que el 1 de febrero ya que ahora mismo las posibilidades de abandono son idénticas independientemente de la fecha. No creo que sea un problema de las fechas.
Que haga frío no ayuda, está claro. Como tampoco ayudaba el calor en agosto. No creo que sea un problema del clima ni del tiempo, sino de mis pocas ganas de castigarme física y alimentariamente. Nulas ganas, me atrevería a decir.
Pero ya estoy surfeando en los 40 y, dicen los que saben, que es importante que te cuides porque cada vez cuesta más conseguir pequeños objetivos que, en los 30, no se complicaban. Tampoco creo que sea un problema de la edad. Será más bien cosa de las obligaciones. Que, si no las tengo, me las busco, aunque ahora mismo me sobran y me salen hasta por las orejas. Y las ojeras, claro.
Espero que no me lo tengas en cuenta, en lugar de hacer terapia con un profesional me he abierto contigo mientras te tomas el café, los churros o el bocata. Lo sé, tengo un problema. Este y saber dónde puñetas está mi ropa de deporte.