El premio de novela en castellano de los Ciutat de Palma ha quedado desierto y todo el mundo se ha echado las manos a la cabeza. Porque participaban más de 700 obras y, a priori, se puede pensar que alguna entre tantas podría dar la talla. La proliferación de cursos, talleres, másteres y escuelas de lo que ahora llaman «escritura creativa» ha convertido en escritor a miles, quizá millones de personas que solo saben poner una palabra detrás de otra. El hecho de que seamos más de seiscientos millones de hispanohablantes lo complica aún más. Otra cosa es la calidad. Y otra ser merecedor de un premio, si dicho premio pretende tener prestigio. En España se regalan premios como si fueran confetti, porque las ventas están aseguradas si la firma la pone un famosete. He leído novelas premiadas en certámenes de postín que dan vergüenza ajena. Por eso el jurado del Ciutat de Palma hace bien en descartar los bodrios si no están a la altura. El problema, quizá, pueda estar en el sistema de valoración. Ningún jurado va a leerse 700 obras, por lo que previamente hay lectores de confianza que descartan el grueso para dejar una preselección de medio centenar, que son las que leen los miembros del jurado. ¿Es en esa criba inicial donde se pierden las joyas? No lo creo, aunque sí es más probable que se eliminen novelas solo porque no encajan en el gusto, género o estilo preferido del lector. Yo misma ejerzo de jurado todos los años en un certamen de relatos y cuesta encontrar alguno simplemente sin faltas de ortografía. Habitualmente al aspirante a escritor -no digamos al escritor- le puede la soberbia y tiende a creer que su producto es digno de todos los laureles. En cualquier librería comprobamos que no.
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