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Grandes inventos. Los estribos

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ser humano que vio a un caballo experimentó de inmediato un afán irresistible de cabalgar, fuera eso lo que fuere, y que la humanidad ya iba a caballo 4.000 años antes de Cristo, el invento fundamental de los estribos, básico en la guerra y por tanto en el desarrollo de la civilización, fue bastante tardío. Durante milenios se cabalgaba, desde luego, pero se cabalgaba un poco a lo loco, a la buena de Dios, y cuentan los entendidos que el primer antecedente del estribo era un cordel atado al dedo gordo del pie, en la India, hacia el siglo II a.C. Fue una oscura época de jinetes descalzos, y me figuro que algo desarrapados. La China de la dinastía Han, y la de los Reinos Combatientes, empezó a perfeccionar el invento extendiéndolo a todo el pie, una sujeción esencial en las batallas, y hacia el año 300 ya existían en Asia estribos de bronce que pronto adoptaron los temibles jinetes mongoles y turcos, así como los sármatas, pueblos nómadas de las grandes estepas. Parece que los romanos aún no conocían este invento, lo que explica la decadencia de su imperio, y en los montículos de las tumbas esteparias de las princesas sármatas guerreras, además de las joyas y adornos de su rango, su carcaj y su lanza, estaban las bridas y arreos de su caballo. Los estribos, porque la vida puede perderse, pero los estribos no hay que perderlos jamás. Los persas y los hunos, así como los cosacos zaporogos que dominaron Ucrania durante siglos, y que ya entonces se tenían por muy diferentes de los cosacos rusos, introdujeron en toda Europa los estribos, un avance de incalculable valor cultural, pues por fin pudimos cabalgar como Dios manda, y lanzar flechas a la carrera, aunque no tan bien como las valientes caballistas mongolas o sármatas. En la Edad Media, quien no tenía caballo no era un caballero, y con eso está todo dicho. Sin caballos nunca habríamos llegado ni a la esquina, y sin estribos el progreso intelectual estaría estancado. Sólo el invento de la vela náutica, para sostenerse en el viento, se le podría comparar. Ahora los caballos son un recuerdo, una ficción, la estatua ecuestre de un rey. Quizá hemos perdido definitivamente los estribos.

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