No sé ustedes pero yo soy de esos que cuando cae en brazos de Morfeo me pongo a dormir en serio. Por lo menos eso es lo que me pasaba hace unos años cuando todo aquello que me rodeaba traspiraba dulzura, serenidad y no desconfiaba de los abrazos compartidos ni de las promesas eternas. Un día al amigo Morfeo se le ocurrió tomarse unas vacaciones y eso dio pie a que se me colaran algunos fantasmas empeñados en acabar con mis sueños y poner a largo plazo las esperanzas. Algunos de mis semejantes, por llamarlos así, comenzaron a jugar a buenos y malos ganando casi siempre los más tramposos.
El mundo empezó a oscurecer, los atardeceres dejaron de tener ese encanto poético para dejar paso a una serie de maniobras y discursos con poca base creíble que invitaba a la imaginación a crear imaginarios monstruos dispuestos a engullirte. Las catástrofes, muertes, violencias de todo tipo empezaron a ocupar las primeras planas de los medios de comunicación. Como si el mal surgiera de la nada, nadie se declaraba culpable y la falsa y estratégica inocencia se te presentaba en bandeja de plata. Sin casi darnos cuenta estábamos aceptando por ser tan repetitivo, que lo negativo no lo era tanto y que lentamente iba a ser nuestro pan de cada día. Y mientras nos preguntamos hasta dónde se va a llegar, solo nos atrevemos a ocupar como tristes espectadores las primeras filas de ese teatro que es nuestro mundo.