Parece que por fin Volodímir Zelenski ha aceptado que ha perdido la guerra suicida en la que se metió bajo el paraguas de sus amigos europeos. Aparte de dar la cara por los cientos de miles -quizá millones, según las estimaciones más pesimistas- de muertos y ceder una buena parte de su territorio, probablemente la más valiosa, tendrá que tragar con las condiciones que imponga Vladímir Putin, que ha vencido por goleada. Todavía es pronto para valorar la situación, pero a menos de un mes de cumplirse el cuarto aniversario de la contienda, ya es hora de rendirse. Nada de esto ha valido la pena. Ha sido una absoluta locura no solo para Ucrania, sino para toda Europa. La voladura del Nord Stream ha estrangulado la economía de la potencia alemana, el cierre de fronteras rusas ha hundido a Finlandia y la sangría económica que nos ha supuesto -aún nos costará bastante más- a todos los contribuyentes es demencial.
¿Todo para qué? Para lo de siempre, que las grandes empresas norteamericanas fabricantes de armas hagan un negocio fabuloso y los dementes militaristas puedan experimentar con aparatitos bélicos nuevos para reorientar las guerras del futuro. Un juego macabro que deja tras de sí un país desangrado, arruinado, gangrenado por una casta política y militar corrupta hasta el tuétano, que se exiliará -algunos ya lo han hecho- en un paraíso dorado para gozar de lo robado el resto de sus días. Mientras, aquí quedaremos los pringados de siempre para pagar la reconstrucción -otra fuente de corruptelas infinitas- y miles de familias rotas que tardarán décadas en volver a la normalidad. Y después de enemistarnos con Rusia, el supuesto «amigo» americano también nos apuñala por la espalda.