De nuevo he dejado la isla para acudir a el cumpleaños de uno de mis nietos que vive en Madrid, una ciudad que me gusta muchísimo... además y a pesar del frío seco que hacía, el sol ha estado presente durante los cuatro días que allí he estado.
Pero no voy a hablaros de Madrid, sino de una experiencia increíble que he vivido alrededor del mundo del aceite.
Mi hijo, que hace de sus contactos profesionales amistades, nos invita a visitar en la provincia de Toledo, una finca donde se cultivan olivos en un intento, logrado por lo que os voy a contar, de aunar la tradición, la tierra, la cultura y la perseverancia en el campo.
A este maravilloso lugar se llega después de recorrer unos paisajes serenos y hermosos de esta provincia de la comarca de la Jara... aquí puedes disfrutar de encinas, olmos, olivos... un sinfín de bosque, prados y un valle donde existe un microclima, según me cuenta el dueño de la finca olivarera... y me encuentro pensando «que bonito es nuestro país», que paisajes y tradiciones tan variadas. Qué suerte haber nacido en donde lo hemos hecho.
Desde Madrid y después de casi dos horas llegamos a la finca que tiene un nombre, para mí, curioso... «La Pontezuela» un sorprendente oasis verde en las estribaciones del Parque Nacional de Cabañeros.
El nombre La Pontezuela «pequeño puente», nos remonta a la historia originaria de Toledo, pues era el paso natural que debían atravesar los viajantes que procedían de Extremadura. Este recorrido antiguamente también fue denominado como el «camino de platerías», por tratarse de la misma ruta que realizaban los plateros para llegar a la ciudad de las tres culturas.
Bien, pero de lo que quiero hablar no es de los magníficos olivos que allí hay, ni de las cinco variedades de olivos que cultiva, sino de lo que allí se masca... y es ni más ni menos un trabajo que honra a los padres del actual propietario, unos padres que trasladaron el amor a la tierra.
Y me congratula ver que existen empresarios que no se guían por el puro negocio, la especulación o los intereses puramente comerciales... les mueve otra aspiración... la de llevar a las gentes el conocimiento de un cultivo tan nuestro como es el del olivo.
En Menorca, cada día vemos más campos donde se plantan olivos, y sé, a ciencia cierta, que algunos de esos cultivos se plantean con el mismo espíritu y vocación que el que visité en tierras de Toledo.
A esta manera de enfocar cualquier actividad empresarial la llamo empresa con alma. Y es lo que veo en algunas de las actividades en nuestra isla... lo mismo que vi claramente en la finca visitada.
Empresas que van más allá del beneficio económico, poniendo el foco en un propósito mayor.
Un propósito que les lleva a pensar en conectar con las personas, no solo clientes, sino trabajadores y también más allá, haciendo una labor didáctica para todo tipo de público.
El montaje de un centro de interpretación como el que visité es algo que nos habla de una clara integración entre el corazón y los valores que rigen ese negocio, pretendiendo dejar una huella que significa mucho... una huella que nos hace constatar que no todo se reduce a ganar dinero... y francamente en los años que corren es grato ver que lo que muchos ven solamente como un «negocio», algunos lo transforman en una carta de amor.
Me interesa muchísimo, cuando visito un espacio, un negocio, un mercado... saber que allí hay alma. No sé si me explico. El alma de quien hace el esfuerzo, el alma de quien se entrega en un propósito. El alma en el sentido más íntimo de su expresión y de su valor.
Porque una empresa, del tipo que sea, tiene alma al conectarse con su «porqué», al poner por delante a las personas, al generar compromisos con sentido... al buscar un equilibrio entre el impacto que ocasionan y la sostenibilidad del proyecto... al crear valor para la colectividad y también pensando en la responsabilidad que conlleva el tirar adelante con el proyecto... por no mencionar la clara apuesta por la autenticidad y la transparencia.
A fin de cuentas es una filosofía de liderazgo con las prioridades humanísticas y con un propósito social clarísimo...
Liderazgo que crean espacios de confianza... y de esperanza.
También, y creo que en Menorca tenemos más de un ejemplo, son empresas que nacen y crecen en el territorio, que lo conocen y respetan. Que lo cuidan y que comprenden que su labor trasciende, como he dicho, de la especulación y la ganancia.
Lo que he visitado y palpado, de la mano del empresario en la finca La Pontezuela, me ha dado un chute de esperanza y un ejemplo de cómo rendir homenaje a la tierra, al cielo, al bosque... no solo es eso, sino que demuestra que, aun en los difíciles momentos que vive el planeta, existen rincones, personas, empresas que siguen teniendo alma... una esperanza a presente que puede ser semilla para que las nuevas generaciones empresariales analicen si éste modelo puede hacer que el mundo sea mejor.