A quien se pregunta cómo puede caber en una mente humana el concepto de eternidad, cabe recordarle que hubo un momento en que, él mismo, no sólo lo concibió sino que lo vivió personalmente y en plenitud. La eternidad es el periodo que media entre un verano y el siguiente en la mente de la criatura de cuatro o cinco años que hemos sido todos. Tiene sentido, la propia percepción sobre la duración de un año no puede ser la misma para quien solo ha vivido unos pocos que para quien ha dado noventa vueltas en torno al sol. Los plazos, inevitablemente, se acortan.
Marino Benejam nació en Ciutadella en 1890 y murió en Barcelona en 1975: tiempos difíciles. Una exposición con el sonoro subtítulo de «Retrato de un genio discreto» podrá visitarse hasta finales de febrero en Ciutadella y entre marzo y mayo en Mahón. Merecerá la pena pasarse a verla. Eso sí, recordando aquella frase de Oscar Wilde en «De Profundis» que afirma que arrepentirse de un acto es modificar el pasado. Valdrá la pena, sobre todo, volver a echar un vistazo a su familia Ulises: aquel grupo de baqueteada clase media que, cargando con todos los desastres a que les habían abocado los excesos de sus clases dirigentes y supliendo con esfuerzo, voluntad y confianza las tremendas carencias de la postguerra, supo enfrentar, entre chascos, chascarrillos y accidentes, la enorme transformación social y política que supuso su época.
La serie empezó a publicarse el año 1944 con guión de Buigas, pero fue en el 1945 cuando el dibujo fue encomendado al ciutatallenc Benejam, nada menos que con un homenaje sanjuanesco. En «El gran petardo terremoto» la familia Ulises celebraba en su patio la verbena solsticial con un peligrosísimo artefacto pirotécnico que, tras diversas peripecias, acababa, por supuesto, estallando bajo sus pies. Sus aventuras duraron hasta mediados de los años setenta. Es una convención aceptada la de que por los personajes de comic no pasen los años. Así, Doña Filomena, la abuela de la familia que ya era bastante mayor en los primeros números, seguía igual de pimpante treinta años después. Usaba ella malapropismos, palabras con sonido similar pero distinto significado. Decía cosas como «Parece la torre del Abel» o «Para romperse la calumnia vertical». En la última historieta publicada nos dejo un aviso para el futuro de lo más significativo: «Ya verás de qué te sirve el sasesor cuando se te presente el enspector».
La familia se llamaba en realidad Higueruelo de apellido. Don Ulises era el sacrificado progenitor. Apocado y juguetón, con un punto travieso, iba y venía entre una oficina nunca claramente identificada y sus diversos pluriempleos, trayendo novedades como el coche, la radio o diversos electrodomésticos cuya adopción daba lugar a recurrentes malentendidos. Su mujer, doña Sinforosa, prudente y anodina, vivía pendiente del «qué dirán» de sus vecinos y conocidos. La hija mayor, Lolín, se avergonzaba -era señorita con algo de estudios- de la rusticidad de su parentela. Policarpito y Merceditas ya eran habitantes del mundo moderno y no dejaban «pasar una» sin un comentario adecuado. La abuela, doña Filomena, unía a aquellos aventureros de la gran ciudad con el pueblo y la tradición. Encarnaban, todos juntos, un espíritu, una época, un arquetipo inocente, esforzado y trabajador que sabía adaptarse a nuevos tiempos, nuevas técnicas y nuevos hábitos sin perder su esencia ni su identidad. Siempre víctimas, nunca verdugos; baqueteados por la codicia y la dureza de la autoridad que gobernaba sus tiempos, seguían, sin embargo, una línea clara. Tan clara como la línea de lápiz y tinta en que estaban dibujados ellos y sus entornos. Una línea marcada por la voluntad de salir adelante todos juntos, de adecuarse al progreso, de conquistar unidos el bienestar.
Nuestra prosperidad debe demasiado al esfuerzo de los personajes reales, de los que esta familia constituía un reflejo o un ejemplo, como para que podamos permitirnos juzgarlos con otra cosa que no sea simpatía, comprensión y agradecimiento. Y es que es probable que la única vía de acceso a algún tipo de eternidad, por ingenua y torpe que pueda parecer a los sobradamente preparados, sólo se encuentre en el reconocimiento y la continuidad del buen hacer generación tras generación.