En medio del caos del accidente ferroviario que nos ha helado la sangre, la pérdida de un perrito asustadizo llamado Boro se convirtió en el epicentro de una movilización que nunca se había dado antes por una mascota. Algo digno en mitad de una desgracia de tal magnitud. Y no es que esto me devuelva la fe en la humanidad porque no tengo ni fe en mí mismo. No hay final feliz que borre el cinismo de nuestra especie, pero la llamada de auxilio de la dueña de Boro activó algo atávico y también hermoso: la empatía por el ser vivo que no entiende de política ni de odios.
Mientras el mundo observa con estupor como el panorama internacional está a punto de derrumbarse por la acción de un psicópata como Trump, la búsqueda de Boro nos ofreció un refugio cuanto menos psicológico. Qué menos que buscar a un perrito mientras un loco amenaza con la aniquilación del planeta. La movilización fue masiva, una marea de gente peinando terrenos y compartiendo la imagen de Boro, sencillamente por la lealtad hacia una mirada inocente quebrada por el atroz accidente. La localización y posterior nueva huida de Boro aumentó el clímax hasta una intensidad casi desesperante. Pero, al día siguiente, contemplar el reencuentro con su dueña supone un bálsamo de sosiego inesperado. El mundo seguirá siendo hostil y los humanos, sus despiadados verdugos, pero en esa pequeña victoria contra el destino hallamos un respiro.
Evidentemente, conducir a Boro junto a su dueña no cura la total falta de confianza en la humanidad, pero permite, por un instante fugaz, recordar que, entre tanta basura política que produce arcadas, todavía se puede obtener algo de belleza por la que merece la pena detener el tiempo.