«Un gran poder conlleva una gran responsabilidad» Sarah Phelps
Excmo. Sr. Ministro: Creo (y comparto probablemente esa convicción con multitud de ciudadanos) que es usted poco competente. No se enoje. Comparte condición con todos los altos cargos que en este país han sido, de un color ideológico u otro, salvo poquísimas y honrosas excepciones. Esos ministros que gestionaban materias sobre las que no tenían ni puñetera idea. Así, el titular de Educación jamás había pisado una universidad; el de Economía estaba perdido sin una calculadora y el de Agricultura, urbanita irredento, desconocía el significado de la palabra boñiga. Son, únicamente, tres ejemplos. Y me atrevería a añadir que es usted no solo poco competente -itero-, sino poco competente a sabiendas… Se puede desoír la voz de la conciencia, pero no huir de ella. Me hablará, posiblemente, en su defensa, de los asesores con los que cuenta, pero eso es tanto como decir que un director de orquesta no tiene porqué saber solfeo por el hecho de estar rodeado de músicos. Lo siento: no le compro su argumentación… Pero lo desgarrador de su impericia es que esta puede matar. No obstante, obviaré ese aspecto porque siempre me ha repugnado que la muerte y el dolor ajeno fueran utilizados como arma política arrojadiza. Prefiero, en este sentido, el civismo de Juan Manuel Moreno Bonilla antes que la visceralidad de Isabel Ayuso…
Permítame, seguidamente, don Óscar, que le formule una pregunta: ¿por qué aceptó el cargo? Probablemente tuvo que escoger entre dos platos de una simbólica balanza. En uno estaba la libertad, el ejercicio de alguna ocupación para la que sí estuviera capacitado (¿influencer?), la ética, la impoluta conciencia, la posibilidad de pisar una calle tranquilamente y la honestidad. En otro, el poder, la alfombra tupida, lo confortable de un sillón azul, la capacidad de mirar a la ciudadanía por encima del hombro, la sumisión al caudillo camuflado, la esclavitud del «argumentario» diario (dado, memorizado y asumido) y, ¡cómo no!, el salario… Escogió el segundo. Y, a mi modesto entender, erró. Porque, sinceramente, no le veo feliz…
Le diré también que la ciudadanía podría haber sido o ser más indulgente con usted si a esa incompetencia no hubiera unido su manifiesta falta de escrúpulos. La que demostró cuando bromeó en redes sobre los incendios que asolaban, el pasado verano, a comunidades autónomas que ideológicamente no eran de su gusto. A saber: «¿Qué tal el tiempo en Cádiz?»; «la cosa está calentita», etc. ¡Fíjese, don Óscar, en las vueltas que da la vida, esa gran constructora de sangrantes ironías!
Este pueblo está cansado, sr. Puente. Muy cansado. Percibiría sus ojeras y su caminar cansino si pudiera compartir con él unas horas, aunque fueran pocas. El mismo pueblo que, ahora, hasta teme algo tan sencillo como coger un tren. Es a ese pueblo a quien se debe y no a su jefe cesarista. Es a ese pueblo al que ha de servir desde la eficacia. A ese pueblo y no exclusivamente a su partido, hoy ultrajado por los intereses de un solo hombre… Y si no puede o no se atreve o no sabe, abandone el escenario…
Aún está a tiempo, sr. ministro, de desandar lo mal andado. Y optar por el primer plato de esa balanza metafórica. Sería el preciso momento en el que le podríamos ver, tal vez y finalmente, feliz…