Dicen las noticias que las becas universitarias alcanzan ya a un tercio del alumnado en el sur de España. Y, claro, lo plantean como una excelente noticia que demuestra el alto nivel de protección de nuestro Estado del bienestar. Lo mismo aplica al Ingreso Mínimo Vital, que cobran 800.000 familias. Añadamos los cheques bebé, los cheques guardería, los planes renove para coches viejos… todos esos inventos de la progresía institucional que lo único que retratan es un país pobre y sin expectativas de salir de esa situación que lleva encallada casi dos décadas. Cuando un tercio de los estudiantes de una región necesita recurrir a becas es por dos cosas: los costes de la universidad son elevados y las rentas disponibles bajas. Esto habla de un lugar donde la desigualdad es la norma y donde el pueblo se ha rendido.
Hasta tal punto que jamás vemos una manifestación, una huelga, un sabotaje de obreros exigiendo que se eleve su nivel de vida, sino colas del hambre, proliferación de ONG y programas estatales, autonómicos y locales para poner parches a tanta miseria. ¿Nadie se pregunta por qué, después de cuarenta años del ingreso de España en la Unión Europea no hemos logrado aproximarnos ni un poco al nivel de vida de las naciones prósperas del continente? Parece que no. Que hemos interiorizado que somos el sur, los pobres y olvidados, las chachas de Europa y debemos conformarnos con salarios de miseria mientras los beneficios empresariales se salen de la gráfica y el Estado nos asfixia a impuestos. En algún tiempo los españoles tuvieron fama de bravos, de apasionados, de gente incluso peligrosa, capaz de todo al perseguir sus ideales. ¡Ja! Domesticados, apesebrados y tristes. Así somos ahora.