Algunas biografías de algunos que se llaman cazadores dan verdadero pavor. Hay cazadores que se han mostrado a lo largo de su vida más como exterminadores de fauna que como cazadores. Personajes con dinero y con mucho tiempo. El caso de un famoso cazador valenciano de 96 años que ha matado (no pongo cazado porque eso no es cazar) 1.317 elefantes. Yo he visto en las inmediaciones del Kilimanjaro una manada de unos 70 elefantes ramoneando la tierna hierba que hay en esa zona como consecuencia de estar encharcada por el goteo que recibe de la cumbre nevada del Kilimanjaro. En Amboseli es donde hay más elefantes. Impone ver a 70 paquidermos, pues ustedes calculen ver a 1.317. Este mismo hombre también ha matado a 2.093 búfalos, 340 leones, 167 leopardos, 127 rinocerontes negros, numerosos antílopes Bongo, sitatungas y otros; en algún sitio he leído que incluso gorilas. Luego se queja del declive de la fauna africana, díganme si tiene o no tiene la cosa narices. Pero no crean que ese es un caso único, en menor cuantía abundan «los matadores» de elefantes que han matado 200, 300 o 600 elefantes. Luego está la lacra del furtivismo, en 7 años han masacrado a 144.000 elefantes. Miren ustedes cómo será la cosa, que el gobierno de Kenia mandó quemar 105 toneladas de colmillos de elefante donde había algún cuerno de rinoceronte. Hace unos 4 o 5 años el cuerno de rinoceronte se pagaba a 60.000 dólares el kilo, para que tengan una idea de dónde llegan los furtivos. No tuvieron estos empacho en entrar en un zoológico de París y matar a un rinoceronte para cortarle el cuerno que se llevaron.
Hay una larga lista de matadores de elefantes conocida como la lista de los 1.000; son individuos que han matado 1.000 elefantes o alguno más.
Por la zona de Massai Mara estuve tres días con mi María de un lado a otro preguntando a pastores massai, samburu o kikuyos si habían visto a Satao, el elefante más longevo de Kenia y Tanzania. Yo sabía que los colmillos de ese elefante tocaban el suelo aunque estaba lejos de aquel gigante que se cazó frente al Kilimanjaro; uno de sus colmillos pesaba 101.9 y el otro 96 kilos. Fueron vendidos en Zanzíbar por 5.000 dólares, precio que hoy sería irrisorio. Cuando regresé a España me informaron que a Satao le habían matado unos furtivos y que por el modus operandi, me di cuenta que no fueron furtivos blancos sino negros, que usaron flechas envenenadas de una ponzoña altamente tóxica. De Satao solo les interesaban sus colmillos por más que del elefante se aprovecha todo: con las patas hacen preciosas papeleras, con los largos y gruesos pelos del rabo, los artesanos de productos africanos hacen pulseras (yo tengo dos que me las regaló el viejo massai que estaba al cargo de que la hoguera que prendía al atardecer tuviera fuego toda la noche, una de las escasas maneras de lograr que los leones no entren en lo que para ellos no son más que frágiles tiendas de campaña donde me encontraba con María en una de ellas). Aun así, una noche un león rugió a escasos metros. Pude ver sus impresionantes huellas, tan grandes como la mano abierta. Les puedo asegurar que pasar algunas noches en una tienda de campaña en el campamento Kandili Camp en Massai Mara no es industria para pusilánimes.
Volviendo por el camino que traía sobre los elefantes, conozco de un individuo que tiene como mayor gloria haber cazado en un día 27 elefantes como quien está en un paso de tordos.
Una actitud muy curiosa de los elefantes es que jamás saltan, ni siquiera sobre una roca o un grueso tronco sobre el que saltará cualquier otro animal, el elefante da un rodeo. Ahora ya no es tan fácil pero hace un tiempo atrás era normal comprar carne de elefante enlatada en algunos países africanos, o de antílope. Cosas bastante más raras he comido, como aquella primera vez que comí cocodrilo, que algunos dicen que sabe a pollo. Quien tal cosa dice no ha comido cocodrilo en su vida. Su carne no sabe absolutamente a nada, por eso la acompañan de varias salsas y ni aun así recuerda a la carne de pollo.