Tradicionalmente los miembros de la realeza, y no digamos cuando se trata del heredero, debían casarse y procrear con individuos de su entorno, aristócratas del más alto grado, a menudo primos, con lo que se garantizaba la «pureza» de la sangre y, de paso, que todos los secretos quedaran en casa. Porque en esas alturas lo que abunda es el pecado. A nadie se le escapa que los más prestigiosos títulos nobiliarios se conceden a cambio de atrocidades, gestas militares bañadas en sangre, conquistas a base de decapitaciones, violaciones y cualquier barbaridad que antaño se consideraban heroicidades. Hoy la cosa ha devenido tanto que hasta los futbolistas ameritan marquesados, pero esa es otra historia, y los reyes y príncipes eligen a cualquier ciudadana que les hace tilín para ponerle la corona y luego pasa lo que pasa. Porque los tiempos modernos apenas respetan los límites forjados durante siglos y ya no hay nada sagrado. Tampoco el afán que se tuvo siempre por silenciar los crímenes de quienes estaban ahí arriba, en lo alto de la pirámide del poder. El heredero al trono noruego escogió a una doña nadie, Mette Marit, divorciada, con un hijo de otro tío, que al parecer no es ninguna joya. Aparece en los siniestros papeles del pedófilo Jeffrey Epstein, al que trataba con la familiaridad de una profunda amistad. Quién sabe si algo más. En esos tres millones de documentos hechos públicos hay bofetadas para casi todo el que se precie de ser alguien. El niño que aportó al matrimonio se ha hecho mayor y se ha convertido a su vez en un violador, un maltratador y un violento agresor. Una delicia. A mí me parece que solo por eso ya tendrían que renunciar a la corona, pero son noruegos y modernos.
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