He visto por televisión los dramáticos efectos de dos trenes en Adamuz (Córdoba) al descarrilar uno de ellos. En mi hogar, el día 20 de enero, mi vida también descarriló y se me fue María, cayendo sobre mí el negro nubarrón de la más absoluta desesperación y tristeza. Jamás pensé que me estaba esperando agazapada en la armonía de una feliz convivencia compartida con un ser maravilloso el brutal zarpazo de la muerte. Siento que me han robado mis sueños, mi alegría, mi estabilidad emocional a cambio de un futuro sin futuro y sin presente.
No quiero que este artículo se convierta en una concesión de mi tristeza, de mi descarrilamiento, mas al contrario intentaré que sea una muestra de los agradables momentos que transcurrían por una vía que yo creía sin obstáculos que me hicieran pensar que la vida va por un carril donde está acechando siempre el final de un trayecto, de un destino que no está escrito.
María era una mujer admirable, era una mujer culta, una lectora empedernida. Fíjense que entre los incontables libros que había leído, leyó una colección de varios tomos de gran formato sobre la prehistoria. Se sabía al dedillo cómo fue lo del Neandertal o el Cromañón, el devenir de los ‘mamutais’.
Vivía con entusiasmo los viajes que emprendíamos, a Cuba, visitando Santiago, la Habana y Cayo Coco; las veces que estuvimos en África, en uno de aquellos viajes africanos en un poblado massai, me quisieron cambiar a María por nueve vacas y dos docenas de cabras. Conocía Turquía, Italia, Rumanía, Grecia, Portugal, Bulgaria, Inglaterra y me acompañó en aquella inolvidable singladura de ver in situ la elaboración y conservación de los quesos franceses. Recuerdo que me dijo: «Jose, a mí dame un queso de Coinga», le encantaba ese queso. Hemos estado en las 50 provincias españolas, en Asturias más de 30 veces en el mismo hotel. Fue extraordinariamente fiel a sus principios, noble, generosa, para tender una mano a los necesitados de los que solo conocía su necesidad.
Mi artículo no es para nada un obituario ni unas notas necrológicas. María se fue estando dormida y en el altar de mis sentimientos sigue dormida esperando que a las ocho de la mañana le siga llevando su café como hacía todos los días, que tomaba siempre sin azúcar. María vivirá siempre en mi memoria y en mi corazón. No tenía la costumbre de maquillarse, me decía que estaba conforme con la belleza que dios le dio. Le gustaba muchísimo Menorca y las fiestas de Sant Joan. De la gastronomía menorquina le gustaba sobre todo el oliagua amb figues, motivo por el que tengo dos higueras, la última que planté fue un plantón que me trajeron de Italia. Me animaba para que siguiera tallando cabezas de perros para bastones con el desmogue del ciervo y la madera durísima de la raíz de olivo. Cuando pasaba para verme trabajar una figura yo le preguntaba ¿qué tal? y por más lograda que fuera la cosa me decía ¡pche! y me regalaba una maravillosa sonrisa. Yo no necesitaba más.
Adoraba a su hija Arantxa y a su nieto. Ellos también saben ya el dolor de cuando la vida descarrila y el corazón queda hecho pedazos.