Dicen algunas fuentes que el miércoles pasado España estuvo a un tris de sufrir otro apagón antológico porque los temporales de viento obligaron a detener la actividad de todos los molinos eólicos. Otros aseguran que, en el fondo, la crisis de la vivienda se fundamenta en que apenas se conceden licencias para construir porque las autoridades son conscientes de que no se pueden añadir más puntos de consumo eléctrico porque el sistema está a punto de colapsar, no da más de sí. Lo mismo aplica a la escasez de licencias para establecer nuevas actividades industriales. No sé si todo esto forma parte de algún bulo, noticia falsa o un ataque gratuito contra quienes nos dirigen, pero si hay algo de cierto -que, conociendo el percal, no me extrañaría- no es más que otro clavo en el ataúd de este país que, en algún tiempo, parecía destinado a brillar.
Otra de esas leyendas urbanas que circulan desde hace décadas asegura que en cuanto murió Franco las potencias europeas -Francia, Alemania y en menor medida Italia- se apresuraron a marcar sus límites ante la posibilidad de que la vieja piel de toro creciera más de lo previsto y lograra hacerles sombra. Lo consiguieron a la perfección. España pasó de ser la octava economía mundial a la décimoquinta, a pesar de que en tiempos recientes se incluyó la trampa de contabilizar en el PIB oficial las cifras imaginarias de la economía sumergida, desde la prostitución al tráfico de drogas. Uno de esos creativos hat tricks para colarnos datos fantasma. Con la avalancha de informaciones dudosas uno no sabe ya qué creer y qué no, pero a pie de calle lo que se percibe es una profunda crisis económica mientras los números gubernamentales siguen anclados en la euforia.