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El engorro de la biología

| Menorca |

Salvo las ratas y las cucarachas, que se contentan con nada, no creo que existan muchas criaturas biológicas satisfechas con su biología. La vida ya es bastante complicada de por sí, y siempre acaba mal, pero se complica más todavía por la torpeza del diseño biológico, que la evolución no mejora. Ya me dirán en qué ha mejorado una tortuga. Hasta los animales más dotados, auténticos reyes de la naturaleza sin enemigos, digamos tigres o leones, suelen estar casi siempre cansados, hambrientos y sedientos, torturados por moscas y parásitos, y si quieren tener un romance con alguna congénere, se juegan la vida y rara vez lo consiguen. La biología, también la humana, es una auténtica cabronada. Como explica cualquier documental de la naturaleza, no se vive, se sobrevive. Y sólo por un rato. Se nota que surgió de casualidad, sin ningún estudio, proyecto o plan de viabilidad, razón por la que todos los seres vivos (y nosotros) son un pozo de necesidades físicas y deficiencias corporales. Comer, beber, dormir, respirar, emparejarse.

Al que en el caso de nuestra especie se añaden las taras mentales o espirituales, muy difíciles de gestionar por falta de órganos adecuados. Mi crítica del engorro de la biología no tiene nada que ver con la actualmente muy en boga que realizan filósofos o sociólogos evolutivos, y que llegan a negarla por irrelevante, ya que lo único que cuenta es la cultura, de donde vienen todos los males. Todo es cultura, vale, pero a mí lo que me jode es la biología. Vaya mierda de organismos tenemos. Por ejemplo, la obligación de respirar, que entre otras cosas nos incapacita para viajes interestelares. Condenados a respirar varias veces por minuto, siempre, dormidos o despiertos, acarreamos para ello numerosos elementos biológicos (sistema circulatorio, flujo sanguíneo, pulmones, corazón, etc.) muy propensos al fallo, que tampoco sirven de nada si te ahorcan. Al menos podríamos respirar como los vegetales, digo yo, por medio de estomas en las palmas de las manos. Y ya de paso, realizar la función clorofílica, que nos ahorraría penalidades y trabajos sin cuento. Las lechugas pueden hacerlo, nosotros no. Qué cabronada, la biología. Menuda broma pesada.

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