Lamentablemente, hay una sensación que se repite demasiado en Menorca: la de estar siempre esperando. Esperando un vuelo más, una frecuencia digna, una conexión razonable. Esperando que, esta vez sí, Madrid se acuerde de que existimos. Esperando que las palabras se conviertan en hechos. Y, casi siempre, esperando en vano. Porque si algo hemos aprendido los menorquines es que las promesas sobre conectividad duran lo mismo que un titular. Se anuncian con solemnidad, se repiten en campaña, se adornan en discursos… y luego se evaporan. La OSP con Barcelona es el mejor ejemplo: se prometió como una solución histórica por parte del Gobierno del PSOE y nunca llegó. Se anunció en investiduras, en ruedas de prensa y en discursos de Pedro Sánchez. Se repitió una y otra vez. Y, como tantas otras veces, quedó en humo.
La conectividad aérea no depende de declaraciones ni de buenas intenciones. Depende, fundamentalmente, del Ministerio de Transportes y de su capacidad para negociar con las aerolíneas, impulsar Obligaciones de Servicio Público y convertir las necesidades de una isla en políticas reales. Y ese ministerio, hoy en manos de Óscar Puente, ha demostrado una absoluta falta de interés por Menorca. Prometen, pero no actúan. Hablan, pero no cumplen. Mientras tanto, en pleno invierno, las conexiones se reducen, viajar se convierte en una pequeña odisea y salir o entrar de la isla depende más de la suerte que de una planificación seria. No hablamos de comodidad, sino de necesidad: estudiantes, trabajadores, familias y empresas dependen del avión para vivir con normalidad. Y, sin embargo, el Gobierno socialista sigue mirando hacia otro lado.
Lo más frustrante no es solo la falta de acción, sino la sensación de abandono institucional. Desde aquí se insiste, se reclama y se proponen soluciones. Desde el Consell y desde los representantes de la isla se hace el trabajo. Pero cuando las decisiones dependen del Ejecutivo de Pedro Sánchez, Menorca desaparece del mapa. La OSP con Madrid avanza, sí, pero sin ambición ni adaptación real a nuestras necesidades. Una gestión mínima, conformista, propia de un Gobierno que se limita a cumplir el expediente. Eso sí, cuando se trata de subir precios, ahí sí hay rapidez: suben los vuelos interislas, suben las tasas aeroportuarias, suben los costes. Para recaudar siempre hay prisa. Para resolver problemas, nunca.
Nos hablan de cohesión territorial y de igualdad, pero es el propio Gobierno del PSOE quien convierte la insularidad en una penalización. Vivir en Menorca sigue significando pagar más por todo: por volar, por estudiar fuera, por trabajar o por visitar a la familia. Una desventaja estructural que Sánchez y su Ejecutivo no han querido corregir. La conectividad no es un lujo ni un capricho. Es un derecho básico. Es lo que evita que nos sintamos ciudadanos de segunda y lo que permite que Menorca compita y crezca. Y ese derecho está siendo ignorado sistemáticamente por el Gobierno central.
Sin duda, Menorca no puede vivir de promesas. Vive de conexiones reales, de compromisos cumplidos y de decisiones valientes. Vive de hechos, no de discursos vacíos. Ya está bien de propaganda, de titulares y de fotos sin consecuencias. No se puede presumir de España cohesionada mientras se abandona a sus islas. No se puede hablar de igualdad mientras se castiga a Menorca con precios y aislamiento. La conectividad es dignidad. Y hoy esa dignidad está siendo vulnerada por el Gobierno de Pedro Sánchez.