Hace tiempo que se debate y constata que las redes sociales están diseñadas para ser adictivas, con ese scroll infinito de la pantalla, la gratificación instantánea generada por los ‘me gusta’ que activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, o por contra, los problemas de autoestima que puede generar el hecho de ser ignorado por la tribu digital; la persecución y la burla en línea que siguen al bullying presencial en la escuela, la pérdida de horas productivas frente a una pantalla. En la última Escola de Salut Pública de Menorca se abordó el problema. Epidemiólogos y psiquiatras fueron contundentes al afirmar que el mundo digital y las redes sociales son factores de riesgo «emergentes» para los trastornos mentales y las conductas suicidas en adolescentes y jóvenes, asociados a ansiedad, depresión, trastornos de conducta alimentaria, acoso y ciberacoso.
En las conclusiones del documento Llatzeret 2025 aconsejan la prohibición total del uso de pantallas en menores de 3 años -sí, el móvil hipnotiza y es el nuevo sonajero para niños de muy corta edad-, la restricción de su uso en la infancia y el acceso racional y tutelado durante la adolescencia.
En esta línea de protección de los menores, el Gobierno anuncia que prohibirá el uso de las redes sociales por debajo de los 16 años. Tampoco es algo nuevo. Australia ya aplica una normativa similar, Francia también lo ha anunciado y Reino Unido lo estudia.
Es una buena medida -también hay restricciones en alcohol y tabaco-, siempre que la seguridad de los menores no sea la excusa para ejercer de censores de contenido, una tentación enorme.
Otra cosa es cómo se implementarán los sistemas de verificación de edad, un desafío técnico y en manos de las propias plataformas. Pero desde luego cualquier medida será inviable si no hay una implicación directa de las familias; en España, la edad media de acceso al primer smartphone, la puerta principal de entrada a las redes, está ya por debajo de los 12 años. Una decisión de padres, madres y tutores.