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Escaños vacíos

| Menorca |

Algún lector de esta columna quizás crea que con el tiempo se me iría pasando el mosqueo que arrastro a cuenta de nuestros amados líderes. Siento contradecirle: en absoluto mengua mi cabreo; muy al contrario, no para de crecer a idéntico ritmo que los exagerados tributos que voy entregando para sufragar los lujos de tanto caradura. Entendámonos, no es que me pase el día encabronado; soy un tipo pacífico y disfruto alegre de los moderados gozos que a mi edad me concede Fortuna (y ésta es generosa, hasta donde puede serlo, no lo niego), pero cada vez que me entero de algún chanchullo, cada vez que hablo con alguien y sale a colación un nuevo trucazo de nuestros políticos (clase extractiva, que costeo a mi pesar), se me tuerce el gesto.

Fui votante del PSOE toda la vida (hasta el segundo ZP), de manera que si González, Guerra, Leguina, Tierno y resto de socialistas clásicos (a los pedriños trileros no los considero socialistas: no creo que pasen de arrimadores de ascuas a su sardina) me la metieron doblada, no me enteré, por suerte para mi estado de ánimo de entonces. Por tanto no criticaré con demasiada vehemencia a quienes ahora viven engañados por el «puto amo», sus voceros sincronizados y sus peloteros ministros: El NODO actual es muy correoso y come la oreja con mayor destreza que consiguió el NODO de Franco (¿no éramos tan cándidos?).

Desde que descubrí que ZP tenía un lado oscuro (y una pasta gansa) he ido votando nulo, en blanco o abstención. Pero eso no sirve para nada. A nuestros exprimidores les da igual que aumente ese tipo de voto. Ellos a lo suyo, a    sus dietas, sus sueldazos, sus comisiones, a enchufar a cuñados como asesores, a votar lo que les manden, a «papagayear» consignas y a mamar de la gran teta (hasta que la sequen de puro ansia).

Pero, hete aquí, que he sabido de una opción cuya existencia ignoraba, que anima mis aspiraciones como votante. Es un partido. Se ha debido constituir como partido político por razones procedimentales, pero en realidad es un antipartido. Se llama «Escaños en blanco». Si alguno de ustedes piensa como yo, les ruego que busquen en Google. Su primer y único artículo reza: «No tomaremos posesión del cargo». ¡Qué frase tan bella!

Desafortunadamente no tienen presencia en los medios de comunicación (no pagan) y por ello los conoce muy poca gente; y sin embargo proponen el paraíso.

¡Qué sueño húmedo imaginar el senado semivacío! (se presentan también para el senado, así como para las autonómicas, las generales y las europeas). Millones de euros ahorrados, con la posibilidad de dedicarlos a la investigación del cáncer de páncreas (por decir); la piscina del senado vacía, menos jamón pata negra y vino circulando barato (o gratis) por sus puestos de avituallamiento; menos comisiones paripé; menos discursos inútiles y pedantes; menos gente cobrando un pastizal a cambio de humo.

Me estoy viniendo arriba, lo sé. Eso no sucederá. Pero si conseguimos suficientes votos, sí que podremos dejar algún escaño vacío. Ya esto es ilusionante: dos, tres trepas incompetentes que se quedan sin plaza, unas personas que tendrán que trabajar como usted y como yo para ganarse la vida. Es maravilloso; el nacer de una ilusión: obligar a los partidos a comprometerse a cumplir las promesas electorales. Obligar a sus líderes a cumplir con los mandatos de la constitución bajo amenaza de mandarlos al paro.

Ahora el cándido soy yo. Lo admito. Pero al menos déjenme soñar que esta nueva alternativa consigue los votos mínimos como para llamar la atención y abre un melón que pueda contener cambios hacia la verdadera democracia.

Quiero creer que este «partido» sea fiable, que no nos hará un «Alvise tururú». El tipo que da la cara por ellos no parece un cantamañanas ni un trilero. Cruzo los dedos y le daré mi confianza. Buscaré la papeleta que les representa (imagino que estará bien escondida) y volveré a sentir la esperanza de que a algún aspirante se le quede cara de bobo por no poder acceder al chollo de los chollos: ganar mucha plata y tener todo tipo de privilegios a cambio de aplaudir (y votar) lo que le ordene su jefe.

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