Últimamente me ha entrado la fiebre de filosofar sobre el amor, y más allá de su clasificación como Eros, Philia, Storge, Agápe y Philautía me focalizo en el Amor desde el afecto más profundo. Con ello traigo loco a mi querido amigo Rafael Trénor que, desde su inmensa y vasta cultura, su pensamiento práctico y filosófico de la vida, me va proporcionando algunas pistas.
En el libro titulado «Imprescindible», Xavier Guix, Álex Rovira y Francesc Miralles hablan del amor con una verdad que desarma: no como un cuento bonito, sino como la energía que nos sostiene cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso o demasiado frágil. En su capítulo 6, «El amor maduro», este sentimiento aparece como ese territorio íntimo donde caen las máscaras y uno puede, por fin, respirar sin miedo.
Los autores recuerdan que amar no es poseer, ni retener, ni llenar agujeros. Amar es ver. Ver al otro tal como es, sin intentar corregirlo, sin exigir que se convierta en refugio de nuestras carencias. Cuando uno ama desde la necesidad, lo que pide es consuelo; cuando ama desde la plenitud, lo que ofrece es presencia. En esa diferencia se juega la calidad de nuestros vínculos.
El amor auténtico, dicen, es un movimiento hacia afuera que nace desde dentro. Solo quien se trata con ternura puede ofrecer ternura. Solo quien ha aprendido a escucharse puede escuchar de verdad. Por eso el camino del amor es, inevitablemente, un camino de autoconocimiento: no para mirarnos el ombligo, sino para descubrir qué partes de nosotros necesitan ser sanadas antes de entregarse a otro corazón.
También defienden que el amor es libertad. Libertad para quedarse sin sentirse atrapado, para partir sin romper, para decidir sin herir. Es un estado en el que el otro no es una extensión de nuestras expectativas, sino un misterio al que elegimos acercarnos cada día. Amar así exige coraje: existe el riesgo de la herida, del desencuentro, de la pérdida. Pero también está la posibilidad de encontrarnos a nosotros mismos en la mirada del otro.
Mis admirados y queridos Rovira y Miralles insisten en que el amor verdadero no compite con la vida, la expande. Nos vuelve más atentos, más vulnerables, más humanos. Nos quita armaduras y nos ofrece, a cambio, la certeza de que vale la pena sentir incluso cuando duele. Porque el amor no siempre es fácil, pero siempre es fértil: de él nace la paciencia, la fortaleza, la capacidad de sostener a alguien cuando su mundo se desmorona o de dejarnos sostener cuando es el nuestro el que se agrieta.
En un tiempo donde lo rápido sustituye a lo profundo y donde confundimos intensidad con conexión, este capítulo es casi un recordatorio urgente: el amor es imprescindible porque nos devuelve a lo esencial. Porque sin él la vida se vuelve funcional, pero no plena; ordenada, pero no vibrante. Con él, todo cobra un sentido más ancho. Incluso la incertidumbre se vuelve más ligera cuando hay un corazón dispuesto a acompañarla.
El amor, así entendido, no es un premio ni un accidente. Es una elección diaria. Una forma de estar en el mundo con la piel abierta y la mirada limpia. Una apuesta valiente por lo único que de verdad tiene la capacidad de transformarnos.
Personalmente, creo que el amor también te devuelve la esperanza. En cambio, el filósofo Byung-Chul Han, en su libro sobre la esperanza, lo plantea a la inversa: sostiene que la esperanza no puede existir sin amor. Es decir, se necesitan mutuamente, en un camino de ida y vuelta. La desesperanza, esa semilla silenciosa de la depresión, se radicaliza cuando no encuentra el asidero del amor, cuando no hay nada que sostenga por dentro ni hacia dónde volver.
Trabajemos, pues, el amor, raíz de todo lo que somos.