Se celebró por fin la esperada actuación de la Super Bowl estadounidense. Un acontecimiento tan absolutamente ajeno a España que a nadie debería importarle un pimiento, pero el hegemón mundial tiende a imponernos todo lo suyo como si fuera trascendental. Al gallo del corral, Donald Trump, le subió la tensión cuando vio que el estadio se llenaba de latinos bailoteando, cantando en español y reivindicando las raíces de su cultura y su sociedad como América, título que los yanquis quieren monopolizar. El mandatario escribió después que el espectáculo le había parecido horrible, que al tipo no se le entendía ni una palabra y que los bailes fueron repugnantes. Siento darle la razón. Ahora pareceré una beata carca y amargada, pero quiero creer que la América latina, el legado de la hispanidad, va mucho más allá de beber, bailar y sexualizarlo todo. Bad Bunny no es un artista, lo que hace no es música y sus letras son, efectivamente, repulsivas. Más cuando llegan impunemente a los oídos de los niños. Las bailarinas perreando parecían algo que supongo que no son y el show en general lo que retrataba era a un pueblo que prefiere la diversión, el alcohol y el sexo promiscuo al trabajo bien hecho, el sacrificio, el ahorro y la perseverancia, valores típicos de la mentalidad anglosajona protestante. El choque es obvio y es lógico que cada cual defienda lo suyo. De lo que no nos pueden convencer ni Bad Bunny ni ninguno es que la sociedad latinoamericana, podrida de corrupción, engangrenada por el crimen organizado y de la que huyen cientos de miles cada año en busca de sustento y estabilidad hacia Estados Unidos y Europa sea mejor. Si lo fuera, sus países serían prósperos y, por desgracia, ninguno lo es.
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