El menorquín Antoni Pons Melià guardaba como un tesoro su diario de guerra. Comenzó a escribirlo el día que salió hacia la Batalla de Mallorca, el 16 de agosto de 1936, y lo terminó el día que se rindió la Menorca republicana, el 8 de febrero de 1939. La odisea que sufrió después casi hace desaparecer un testimonio muy valioso, el de un cabo de ingenieros en las milicias antifascistas durante el verano de la revolución social. Al final, lo conocemos gracias a un artículo del historiador Andreu Murillo en la revista Randa en 1976.
Cuando comenzó la guerra y Menorca se mantuvo fiel a la República, el cabo Pons tenía solo 19 años y el sueño de trabajar de aparejador. Había estudiado bachiller y ya servía como delineante en la Base Naval de Maó.
El diario cuenta que embarcó rumbo a Mallorca en el «Ciudad de Cádiz», un barco que desobedeció las órdenes y decidió alejarse de la costa por temor al cañoneo enemigo. Por su culpa, cientos de milicianos no pudieron desembarcar en Porto Cristo y condicionó irremediablemente la batalla. El cabo fue testigo desde el mar de la fuga apresurada de sus compañeros: «Han venido con barcas y muchos hasta nadando. Han llegado al barco, ya entrada la noche, heridos, mareados…».
Tuvo que esperar hasta la tarde del día siguiente, 17 de agosto, para desembarcar un poco más al norte, en Punta n’Amer. La primera anécdota que relata es el fusilamiento de un miliciano por dar una falsa alarma. La segunda es una crítica a la prensa republicana porque les atribuía «conquista de territorios que no pisamos nunca».
Lo destinaron a las milicias comunistas del PSUC desplegadas en el centro del campo de batalla, en sa Torre Nova y Ses Talaies. Era el encargado de la estación telefónica. Tras un bombardeo de mortero, sus soldados se marcharon «a la playa» porque «el miedo les había dominado». Cuenta además que, «cargado como iba», en una de las largas caminatas se lesionó una pierna. Lo querían hospitalizar, pero se negó.
Durante doce días, siete hidros republicanos machacaron al enemigo hasta que el 28 de agosto la aviación italiana los dejó fuera de juego. El cabo Pons celebró su 20 cumpleaños el 30 de agosto y dos días después vivió un episodio aterrador cerca del túnel del tren de sa Torre Nova: «Dos milicianos catalanes, que caminaban tan tranquilos, nos gritaron: ‘Això és l’exèrcit! Tanta por mai!’. Oímos un silbido y boté dentro de la trinchera de la vía del tren. Me cayeron piedras y tierra. Cuando volvimos, vimos los cuerpos de los dos milicianos destrozados, colgando de las ramas de unos árboles».
No hubo tiempo para más. La madrugada del 4 de septiembre reembarcó bajo el engaño de que su destino era Palma. Después pusieron rumbo a Málaga, pero la tropa se sublevó y obligaron al capitán a atracar en Valencia. La Batalla de Mallorca había sido un despropósito.
Según Llorenç Capellà, alcanzó el grado de teniente y al final de la guerra huyó a Francia, donde sufrió los campos de concentración. Luego luchó con la resistencia francesa y española. En 1944 fue detenido y encerrado durante 10 años. Después, recuperó su vida y su diario. Trabajó como delineante en Maó y dedicó su tiempo libre a redactar la memoria de los menorquines represaliados por la dictadura. El texto se publicó en 2001 con el título «Víctimes del silenci». Murió en 2010 a los 94 años.