Fieles a nuestra costumbre llegamos temprano, por eso no había nadie cuando empezamos a instalarnos. «este campo se inunda cuando llueve» nos dijo aquel viejo; llegaba cerrando la comitiva de unas cuantas vacas que, ajenas al ajetreo reinante, se iban dispersando por el prado aclarando con ello por qué el lugar estaba lleno de ‘ensaimadas’. Aquella dehesa era un terreno comunal que habíamos solicitado al ayuntamiento del pueblo con el fin de asentar el campamento durante la semana de maniobras. Aquella presencia nuestra estaba claro que le contrariaba, era evidente que nadie del ayuntamiento le había informado que ese prado en el que sus vacas pastaban a diario, estos días estaría ocupado. Ajenos a la conversación, el resto del personal continuaba con su labor de descargar el material y comenzaban a montar tiendas de campaña y otras infraestructuras. Como era lógico, antes de salir habíamos consultado la predicción meteorológica, «no está previsto que llueva» le dije, «lloverá» contestó; instintivamente levantamos la mirada hacia un radiante sol «¿cómo lo sabe?», «porque se ha subido la vaca a la peña» nos informó; nos miramos perplejos y sonrientes comprobamos que efectivamente una vaca estaba subida en un pequeño afloramiento rocoso que había en el centro del prado. El paisano, sin cambiar el gesto, dio los buenos días, llamó a sus vacas y se marchó.
Desde siempre tuve afición por la meteorología, durante unos años llegué incluso a obrar como profesor de la misma. La meteorología tiene dos aplicaciones, pasado y futuro, información y predicción; del pasado, la constatación de las condiciones habidas mediante la conjunción de datos recabados a través de distintas fuentes –lo que ha pasado–; para el futuro, la predicción mediante el algoritmo resultante de determinados parámetros recopilados en un histórico –lo que posiblemente pasará–. Es decir, siempre que se han dado estas condiciones ha pasado esto, lo cual no quiere decir que pase; pero la naturaleza es tan caprichosa como los meteorólogos ambiguos en sus predicciones «Alternancia de nubes y claros con probables chubascos» pase lo que pase aciertan seguro. Por aquellos años cayó en mis manos un libro «Manual de Meteorología Militar» de 1918, los rudimentarios instrumentos –algunos artesanales o improvisados– empleados para recoger datos eran verdaderos alardes de ciencia imaginativa. Pero lo mejor eran las instrucciones que impartía sobre consideraciones a tener en cuenta; además de la observación del cielo, las nubes, etc., remitía a la «sabiduría popular», recabar el parecer de los lugareños, preguntar a los viejos. ¡Dios mío! qué maravilla de consejo, desde entonces siempre lo he aplicado -para todo-, los viejos –romántica palabra que hemos degradado– son verdaderos sabios.
Aquel mullido campo de golf que aparentaba la dehesa era una encerrona, horizontal y ligeramente hundido en el centro, formaba una olla a la cual no le faltaron ni siquiera los garbanzos en remojo que fuimos nosotros. Dios mío ¡cómo pudo caer tanta agua! Sería pasada la medianoche, con la clandestinidad que acoge la oscuridad, una tormenta pasajera –menos mal, si permanece acaba con nosotros– descargó toda el agua del mundo. En pocos minutos, nuestro campamento quedo inundado por una cuarta de agua, en el centro, la zona de servicios, la cosa era más grave alcanzando medio metro el agua; supongo que el subsuelo sería arcilloso, el caso es que el agua no se filtraba y permanecía embalsada; decidimos desmontar y cambiar el campamento así como proponer al ayuntamiento que soltase unos patos en aquel estanque. Afortunadamente la mañana amaneció con un potente sol primaveral que invitaba a ponerse a chapotear con bañador en aquella súbita e improvisada piscina. A cierta distancia, calzado con unas altas botas de goma y el agua por los tobillos, nos observaba el viejo pastor –sin vacas– con las manos en los bolsillos; me fui hasta él esperando un «ya os lo dije» o algo parecido, pero no lo dijo, ni tan siquiera se rio de nosotros lo cual, además de aceptado de buen grado, habría sido menos cruel, «tardará varios días en filtrarse el agua» y se quedó allí entretenido mirando el espectáculo. Aquel paisano posiblemente no supiese qué es la artrosis reumatoide en el ganado, pero su experiencia le había enseñado que cuando la vaca sube el agua baja. Hoy, operaciones y algún accidente mediante, me fío más de mis cicatrices que del barómetro. Si es que me estoy haciendo viejo ¿por qué tarda tanto en manifestarse la sabiduría?