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Soluciones simples

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He oído decir con harta frecuencia que casi todos nuestros problemas como especie derivan de nuestra gran afición, si no es una pasión, por las soluciones simples, sencillitas y fáciles. Parece que las preferimos incluso cuando nos consta que no solucionarán nada, por haberlas ensayado muchas veces con penosos resultados. Aun así, las soluciones simples tienen un atractivo irresistible, y no solo en los problemas de la realidad, sino también en las ficciones, las matemáticas y hasta en la filosofía, que tras exponer esos problemas en su idioma enrevesado (la obtusa sintaxis de los filósofos), luego intenta resolverlos con simplezas según el principio de la Navaja de Ockham. El que estipula que entre varias hipótesis posibles y opuestas, la más simple suele ser la correcta. La verdadera, en definitiva. Este principio, llamado también de parsimonia, permite a escritores y cineastas urdir tramas laberínticas, completamente irresolubles, y cuando todo está perdido para los protagonistas (o para toda la humanidad), resolverlo en dos patadas con cualquier chorrada. Al público le encanta. En «La guerra de los mundos», famosísima novela de Wells, los extraterrestres marcianos invaden la Tierra (Londres, no Los Ángeles), y cuando la humanidad está a punto de sucumbir ante trípodes gigantescos de letal tecnología, los marcianos cascan todos por efecto de nuestros microorganismos y bacterias. De catarro, quizá. Más simple todavía es la solución de otra invasión extraterrestre, en la peli «Señales» de Night Shymalan, donde resulta que los terribles invasores de planetas no soportan el agua. Se ahogan en un vaso de agua. Las ficciones son pródigas en soluciones muy simples, siendo la más simple de todas matar al malo. Y si muere el bueno, como en los Evangelios, resucita y listo. Los matemáticos también exigen soluciones simples, ecuaciones limpias y elegantes. Matar al malo. En política, cuando hablan de los desastres que provoca nuestra pasión por las soluciones simples, se refieren a expulsar a todos los emigrantes del mundo, o echar a Sánchez y meterlo en la cárcel. Parece que ya no hay más solución que las simplezas. Y ese problema sí que es de muy compleja solución.

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