La oposición es fundamental en un régimen democrático, de otro modo se podría llegar a pensar cuando se gobierna que todo el monte es orégano convirtiendo la democracia en una extraña y por ende, perniciosa dictadura. Lo que ni el gobierno ni la posición deben hacer es usar la descalificación desde la ofensa, la injuria, el ataque personal, la más zafia agresión verbal, incluso cuando se «pierden los papeles» como pasó en un mitin de Teruel el otro día, cuando iba a intervenir el presidente Sánchez donde una concejala del PP gritó: «¡Hijo de puta!». Se trataba de una concejala de un pequeño pueblo de Valencia. Por no herir susceptibilidades la dejo sin apellido. Más tarde reconoció, pidiendo disculpas, que de «manera espontánea pronunció unas palabras que no debía decir», para acabar diciendo: «la crítica política es legítima, el insulto no».
En el fondo de ese pozo cenagoso hay hasta una presidenta autonómica a la que también «le gusta la fruta», que además no crean ustedes que se disculpó, convencida probablemente desde su pedestal que está por encima del bien y del mal. Son las pobres formas de ocupar un alto estatus político que nunca debieron ocupar. El votante quiere políticos que corrijan los problemas diarios que le salen al paso y no a estos tristes personajes que hacen de su paso por la política un homenaje a la ofensa personal, la descalificación sin ton ni son, el insulto cuando más zafio mejor. Luego, si viene al caso, les da esa risa tonta que ya señaló Pilar Manjón en la comisión de investigación del 11M. ¿De qué se ríen señorías? Y se preguntó: «¿Qué jaleaban?, ¿qué vitoreaban?» cuando ella acababa de perder un hijo en aquella masacre terrorista. Pues ahí estaban, huérfanos de pudor sus señorías, riéndose. Pocas cosas descalifican más a un político que estar riéndose ante una madre que acaba de perder a un hijo en un acto terrorista.
Pobre político aquel que se acostumbra a la ofensa porque ignora que se hace más daño a sí mismo que a la persona que cree ofender.
Nunca encontraré aceptable la falta de respeto a ningún presidente de gobierno, se llame como se llame y pertenezca al partido que pertenezca. Para esa miserable actitud ya sobran los que en sus intervenciones se esfuerzan en demostrar que han estado hurgando en un basurero. Hay políticos que no pasarían la ITV y ahí están. Aunque demás, a veces es mala cosa que el gobierno diga que tenemos un problema pues no son pocas las veces que el problema empeora cuando se ponen a corregirlo. Tenemos a políticos que fingen ignorar que valerse de argumentos inmorales en sus intervenciones es una inmoralidad aunque así alcancen la meta que desean en la confusa hora de la política actual.
Los malos políticos no llevan cuando los elegimos un prospecto como los medicamentos que nos avisan de los posibles efectos perniciosos que puedan ocasionar. Con ofender a sus adversarios creen que han cumplido con el hecho de calentar un sillón donde les han puesto inmerecidamente. En algunos que tampoco hace falta nombrar, se les ha hecho crónica su verborrea tóxica, como ya alguien acertó a decir: «lo suyo habría sido ser picador de toros bravos».