El salario más común en España está en unos quince mil euros brutos y, en ese rango de ingresos, hay de todo. Gente de izquierdas, derechas, anarquistas y ultras. Hay católicos, evangelistas, musulmanes, ateos y budistas. Cada cual piensa, cree y defiende lo que quiere. Y es perfecto. No por ser pobre has de ser de izquierdas, ignorante o fanático religioso. Pero la idiota de Irene Montero cree que sería idílico que millones de inmigrantes -a los que definió como «gente trabajadora»- sustituyeran a los españoles fachas. Debe proporcionar una sensación fantástica subirte a un estrado, poner cara de estreñida, tomar un micrófono y berrear como una posesa consignas ridículas cuando te avalan los 135.000 pavos que te llevas calentitos cada año. Supongo que sigue considerándose a sí misma «gente trabajadora» y no un verdadero parásito, como lo son los más de setecientos eurodiputados que viven a cuerpo de rey a costa nuestra para no resolver nada.
Esta chica, que parecía lista cuando empezó, debe ignorar que entre el medio millón de inmigrantes sin papeles que su amigo Pedro Sánchez quiere regularizar hay, como entre los mismos españoles, personas conservadoras, progresistas, religiosas, ateas, amantes del fútbol, comilones, de buen talante, agresivos, ahorradores, despilfarradores. Ser inmigrante y trabajador -tampoco podemos certificar que todos los que llegan de fuera son «gente trabajadora»- no te convierte en un izquierdista, antirracista, ateo y luchador por los derechos humanos. Eso es demagogia barata. Una estupidez que solo se tragarán otros tan idiotas como ella. ¿Alguien cree que un musulmán tradicional votará a quien defiende el movimiento trans, el aborto y los derechos Lgtbi?