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Asseguts a sa vorera

De asesinos románticos

| Menorca |

Este fin de semana hemos tenido una coincidencia extraña pero de las que contentan a casi todo el mundo. El viernes fue 13, fecha emocionalmente ligada al terror, asesinos en serie y demás argumentos de película, y el sábado, 14, es el Día de los Enamorados, con toda la ñoñería que conlleva y el exceso de corazones, color rojo y flores.

Esa dualidad permite tanto a los que están cómodos celebrando el amor como los que lo están con los sucesos disfrutar de un fin de semana atípico pero con margen para los dos. El viernes, por ejemplo, puede tener una peli de terror, por ejemplo, y el sábado, una cena romántica con velas y final feliz. Como también marcan un porrón de superproducciones de Hollywood.

Lo curioso es que a más de uno, si le das a elegir, se siente más cómodo inmerso en la escena más gore de «La Matanza de Texas», por decir algo, que compartiendo sofá, manta y palomitas al amparo de «Love actually». Cuestión de agrures, de aguante y de estómagos.

No estoy, ni estamos, en disposición de decidir si una u otra opción es mejor o más válida. Porque hay gente a la que las situaciones ñoñas les da arcadas, lo mismo que hay personas cuyo cuajo no aguanta que un tarado social se dedique a destripar al personal por no sé muy bien qué trauma infantil.

A mí me gustan los dos. Me gusta la tensión de una buena peli de miedo donde el susto, aunque previsible, te acaba pillando desprevenido y te provoca algún grito, aunque lo quieras disimular para que a tu acompañante no le entren dudas. Y no le hago ascos a un buen musical con su canción conocida o una historia absurda pero simpática con la que empatizas recordando algún momento que has vivido con mayor o menor intensidad.

Yo creo que el equilibrio perfecto pasa por sazonar un poco los viernes 13 con los 14 de febrero, que el rojo sangre fuese un poco menos violento y un poco más romántico. Que el asesino en serie sea menos serio y en lugar de querer cargarse al protagonista, que lo mate de amor a base de abrazos o con una sobredosis de azúcar comiendo una caja de bombones. O que la pareja romanticona se lleve un poco peor, para que su repugnante perfección como pareja no nos juegue una mala pasada a los novios normalitos dejándonos el listón exasperadamente demasiado alto.

El problema, como siempre, son los extremos. Llevarlo todo al límite lo complica todo. Si al asesino en serie alguien le diese más abrazos, quizás no querría matar tanto, o mataría lo justo, y los domingos los usaría para ver una película ñoña con su pareja en el sofá.

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