Con la afición que tenemos a copiar las costumbres de fuera y con la vehemencia con que prescindimos de tradiciones asentadas entre nosotros, cualquier día saltará alguien con afán de adoctrinarnos sobre la cutrez y el aburrimiento que genera el carnaval. Puede que algunos lo vean de esta manera, pero su origen, despliegue y persistencia están señalando una raigambre absolutamente consolidada. Muchos países lo implantaron y lo conservan a su manera: nosotros tenemos una forma peculiar de celebrarlo y, si los excesos no lo desbaratan, persistirá como una fiesta propia que merece la pena conservar y disfrutar.
Mucho se ha escrito sobre tales esparcimientos y la lengua o el espíritu carnavalesco ha sido manejado por autores como Erasmo, Shakespeare, Lope de Vega, Cervantes, Tirso de Molina o Quevedo, con especial aplicación en las épocas renacentistas y barrocas, pero la explicación de las claves más vigorosas las encontraremos en dos obras singulares: «La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento», del ruso Mijail Bajtin, y en «El carnaval (análisis histórico-cultural)», del antropólogo Julio Caro Baroja, de origen navarro.
El primero analiza cómo se han desarrollado en los siglos medievales estos espectáculos cómicos, que ofrecían «una visión del mundo, del hombre y de las relaciones humanas totalmente diferente, deliberadamente no-oficial, exterior a la Iglesia y al Estado». Eran festejos que trastocaban la vida cotidiana, que igualaban a la población, porque entonces pobres y ricos, clérigos y laicos, jóvenes y viejos participaban en igualdad de condiciones. Bajtin asegura que en algunas épocas podían durar hasta tres meses (en España, de Reyes o San Antonio hasta la Cuaresma, pero más propio situarlo en la semana antes del miércoles de Ceniza) y en esos largos periodos se dejaba de lado la condición convencional para entrar en un universo donde no imperaban las normas de siempre, sino que se imponía una visión cómica o grotesca, que daba al traste con lo que se vivía habitualmente: «La fiesta interrumpía el funcionamiento del sistema oficial, con sus prohibiciones y divisiones jerárquicas. Por un breve lapso de tiempo, la vida salía de sus carriles habituales y penetraba en los dominios de la libertad utópica».
El ensayo de Caro Baroja proporciona multitud de datos e interpretaciones de lo que el carnaval ha representado en los ambientes populares y cultos desde tiempo casi inmemorial. Asegura que es hijo del cristianismo (aunque sea hijo pródigo), porque sin la cuaresma no existiría este quebrantamiento de la normalidad. Han trascendido versos y coplas que aluden a ello: «Martes era, que no lunes,/ martes de Carnestolendas,/ víspera de la Ceniza,/ primer día de la Cuaresma./ Ved qué martes y qué miércoles,/ qué vísperas y qué fiesta;/ el martes lleno de risa,/ el miércoles de tristeza». Cada clase social lo celebraba de forma diferente: «Las burlas y picardías eran propias de la gente ‘vulgar y callejera’; las conversaciones alegres, pero discretas, de la gente ‘honrada y recogida’. Las mascaradas, de los caballeros de corta edad».
El desorden y los desmanes han sido corrientes y Pío Baroja aludía a ello en un artículo: «El demonio de la maldad y de la intención aviesa se agita y retuerce y rechina los dientes en el Carnaval». Una lástima, porque la diversión no tiene por qué derivar a tales destemplanzas, por las que más tarde se pagan las consecuencias. Traspasar la raya de la cotidianidad puede ser placentero; pero llegar más lejos, deplorable.