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The kids are alright

| Menorca |

Los niños, que antes venían con un pan bajo el brazo, ahora van a venir con un manual de instrucciones incorporado. ¡Qué cosa tan misteriosa y difícil se ha vuelto lo de criar una criatura! ¡Con lo simple y evidente que había resultado siempre y en circunstancias mucho más penosas que las actuales! ¡La de cosas que hay que saber! ¡La de regulación que han de atender los sufridos padres! Se imagina uno a ese padre en pijama y ojeroso aprovechando lo de mecer al niño para echarse un vistazo nocturno al BOE.

Pero, bueno, los propios siempre dan alegría y a quien Dios se los dé, San Pedro se los bendiga. Resulta más preocupante el asunto de los niños de los otros. De los niños, digamos, arquetípicos o ideales, de los niños como causa y concepto en manos de la legislación ursulina que lleva años imponiéndose. ¡Cuántos crímenes legales se cometen en vuestro nombre, niños del mundo! ¡Cuántos atentados al sentido común y al espíritu de las leyes se acometen en cuanto suena la palabra menor! ¡Cuánto horror se despierta en la sufrida imaginación urbanita en cuanto aparece un chiquillo en un drama!

Reconozcámoslo: la pedagogía y la psicología perdieron el rumbo en cuanto a cómo educar a un rapaz cuando se hundió lo del psicoanálisis y aparecieron las primeras pantallas. Los profesionales de la educación son conscientes de que sus alumnos van a vivir, establecer sus familias y relaciones, desarrollar sus trabajos o habitar sus viviendas de una forma absolutamente distinta a la que les ha sido habitual… y no tienen la más mínima idea de qué explicarles que pueda servirles de ayuda. Resultado: se enseña poco y mal, y se acompaña de mucha doctrina moralista a ver si vale de algo o al menos conseguimos votantes para el futuro.

Pero, bueno, a quien Dios le dé alumnos, San Pedro se los bendiga; que no están las cosas como para quejarse. Hablábamos del niño como idea, como símbolo… No hay drama o padecimiento humano donde los buenos de nuestros informadores no encuentren un chiquillo del que echar mano para endurecer la tragedia. Los niños sufren como los demás, lloran algo más que los demás y les duele, como a todos, cuando les dan. Los hay más o menos sufridos. Pero no hay una guerra, una deportación, un drama social en que no se enfoque la mirada de un niño como auténtico y último objetivo del inmenso desastre de alrededor.

Los niños, para la política, siempre han resultado útiles. Permiten poder repetir aquella cita del afamado Dr. Perogrullo sobre que «los niños son el futuro» (que algún fresco remataba con un ¡Anda, y los viejos el pasado!). En nombre de esta obviedad, y con las bendiciones de todo tipo de expertos a sueldo, nuestros sapientísimos jerarcas han determinado la peligrosidad de las pantallas ante los ojos de una criatura inocente. Prohibirán todo lo que pueda prohibirse con el objeto de que los niños no puedan asomarse a las redes sociales y, sin embargo, los gobiernos puedan meter sus narices enteras en ellas. Es parte de la nueva forma futurista de gobernar; no arregles las vías, modera la velocidad; no tapes los baches, limita el paso; no resuelvas, prohíbe.

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