Las libertades de información y de expresión incomodan al poder político. Cada día se avanza más en la imposición de mordazas, para evitar la crítica al poder de los gestores públicos, y domesticar a los medios y a las organizaciones y servicios que desarrollan labores de información y control.
También en esto Trump es el paradigma, el que marca estilo. Sus descalificaciones en directo de periodistas que hacen preguntas que no le gustan son antológicas. Pero el problema no es su cinismo, sino el proceso que lidera para desmontar la democracia.
El mejor ejemplo es el «Washington Post», el periódico que se hizo grande cuando Bernstein y Woodward en 1974 provocaron la dimisión de Nixon por el «Watergate». Su histórica propietaria Katharine Graham dijo que dirigir un gran diario no era solo gestionar el papel y a los periodistas sino publicar una noticia incómoda para el gobierno incluso cuando el presidente invita a cenar a la editora.
En 2013, Jeff Bezos, empresario de Amazon, compró el periódico, rescatándolo de la crisis económica de 2008. Después de un tiempo de mejoras tecnológicas, crecimiento de suscriptores y resultados positivos, llegó Trump. Bezos financió su campaña, junto a otros magnates tecnológicos, e impidió la publicación de un editorial favorable a Kamala Harris y miles de suscriptores se dieron de baja. Ahora ha anunciado el despido de 300 periodistas del «Post», un paso para desactivar un medio crítico. Este diario en dos años ha perdido 170 millones de euros, algo más del doble del dinero con que Bezos financió la ‘peli’ de Melania.
Por si quedaba alguna duda de la ruta trumpiana, que es evidente que no queda ninguna, la empresa Gallup ha dejado de elaborar el índice de aprobación presidencial, después de 88 años, y en el momento más bajo de popularidad del presidente.
La tendencia a no respetar los medios ni la libertad de expresión individual crece por todas partes. La pobre democracia languidece con asombro pasivo.