Es cierto: la edad pesa y, con el paso del tiempo, uno se va alejando de una realidad que se impone con fuerza y que una amplia mayoría social acepta con resignación. En mi entorno observo cómo muchas personas han optado por acumular patrimonio y riqueza con la idea de disfrutarla y legarla a sus familias. Sin embargo, hay algo que, por más dinero que se guarde, no podrá llevarse a la sepultura ni servirá para un inexistente «otro mundo».
Se pueden acumular millones de euros, toda la riqueza imaginable, pero cuando lleguen nuevas pandemias o se intensifiquen los efectos del cambio climático, por mucho que se posea —aunque se viva en búnkeres— habrá consecuencias que no distinguen entre cuentas corrientes. En algunos casos, incluso serán más duras para quienes han vivido de espaldas a la realidad social y ambiental que los rodea.
Por el contrario, quienes han aprendido a vivir desde la austeridad y la solidaridad suelen disponer de una mayor capacidad de resistencia colectiva. No por heroicidad individual, sino por haber participado en luchas compartidas, por haber cultivado la empatía y por comprender que la supervivencia humana siempre ha sido un hecho comunitario.
Estamos asistiendo al final de un ciclo. El modelo económico capitalista, en su versión neoliberal, nos ha empujado a una dinámica de consumo y crecimiento ilimitado que conduce al agotamiento de los recursos naturales —minerales, agua, suelos fértiles— y a una contaminación que amenaza con ser irreversible. No se trata de una opinión ideológica, sino de una constatación física y ecológica.
Esta lógica global tiene una traducción concreta en nuestro territorio. En Menorca, las empresas de manufactura y producción que durante décadas sostuvieron la economía local han ido desapareciendo sin que se hayan generado alternativas reales. El capital, con total libertad de movimiento, se instala allí donde las leyes le resultan más favorables, dejando tras de sí territorios debilitados, dependientes y sin capacidad de decisión.
Las nuevas inversiones ya no buscan producir, sino apropiarse de la gestión de los servicios públicos: el abastecimiento y la depuración de aguas, la limpieza, el reciclaje, la sanidad, las pensiones, los centros geriátricos, las guarderías, las universidades, la investigación, los puertos, el transporte o la logística. A ello se suma la presión sobre el urbanismo, progresivamente adaptado a las necesidades de fondos de inversión que ven el territorio como un activo más.
En este contexto, resulta especialmente preocupante el doble discurso de los responsables políticos del PP y de su entorno. En actos públicos se llenan la boca hablando de la Reserva de la Biosfera, mientras al mismo tiempo promueven el desmantelamiento del Plan Territorial Insular para ajustarlo a las exigencias del mercado. No estamos ante errores puntuales, sino ante un relato construido para justificar la especulación y la creación de una minoría rentista que acabará condicionando la vida del conjunto de los menorquines.
No soy de patrias, ni de banderas, ni de religiones. En este tramo final del camino, lo que realmente me preocupa es la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la falta de solidaridad. Desde esa preocupación sostengo que la mejor herencia que podemos dejar no es la acumulación de riqueza privada, sino una mejora real de la educación y la formación; la garantía de agua de calidad y reservas protegidas; una tierra productiva y libre de contaminación; viviendas públicas de alquiler social; espacios de ocio y deporte accesibles; una cultura integradora y centros de investigación vinculados a nuestro entorno terrestre y marino.
Hay personas con tanto dinero que, al intuir que el camino también se les acaba, caen en profundas depresiones. Quizá porque descubren, demasiado tarde, que no existe riqueza capaz de frenar el final ni de comprar sentido. Amar una tierra no consiste en extraerle el máximo beneficio, sino en cuidarla para que siga siendo habitable.
Si uno se siente profundamente menorquín, la mejor herencia para las generaciones futuras es una Menorca libre de contaminación y corrupción, con un territorio bien conservado, capaz de producir y abastecer a sus habitantes y de ser disfrutado sin hipotecar su futuro. Una Menorca donde el poder de decisión esté en manos de los menorquines, integrada en un Estado federal dentro de la Unión Europea.
Pero seamos realistas: nada de esto será posible mientras sigamos atrapados en una democracia neoliberal basada en la división, el racismo, el sexismo, el consumo desmedido y el individualismo. Frente a ese modelo, la alternativa no es la nostalgia, sino el conocimiento, la cooperación y la responsabilidad colectiva.
Mientras algunos amargan a sus familias con depresiones al descubrir que no existe riqueza capaz de frenar la llegada del final del camino, por mi parte sigo leyendo Cinco continentes, de Nikolái Vavílov, uno de los grandes científicos del siglo XX, que nos legó una filosofía de investigación con alcance histórico y planetario.