El resultado de las últimas elecciones en Extremadura y Aragón, con un PP que no pierde fuelle pese a sus muchos desastres allá donde gobierna y un Vox que no necesita ni candidatos para duplicar sus votos, ha hecho que se le abran las carnes a esa izquierda que luce los adjetivos de alternativa o transformadora, una izquierda que anda ahora con la inquietud del estudiante que sabe que ya no tiene tiempo para preparase para el examen final y duda entre recurrir a las tradicionales anfetaminas o meterse directamente en vena un chute de fentanilo, a ver si le viene alguna ocurrencia.
Eso sucede cuando el estudiante, o las izquierdas «alternativas» como es el caso, sucumben al vicio de procrastinar, un verbo de mucha actualidad con el que nos referimos a toda acción postergada o sustituida por otra de menor enjundia, importancia, urgencia o necesidad. Por ejemplo, toda la socialdemocracia europea lleva años procrastinado, enredada en hacer habitable el neoliberalismo en vez de dedicarse a lo suyo, que es hacerlo saltar por los aires. De ilusión también se vive, pero no hay nada de ilusionante en ello, de ahí la defección general del voto de izquierdas que ahora, nuestras cabezas pensantes de la izquierda «transformadora», dicen querer recuperar.
Veremos una miríada de propuestas para «generar espacios de confluencias» con que afrontar el desastre que se nos viene encima. Y oigo a Julio Anguita gritando desde su tumba, desgañitado y ronco, aquello de «programa, programa, programa».