Perdí mi bolígrafo y un amigo me regaló un rotulador de color rojo. Ahora todo lo que escribo me parece importante.
El mundo está lleno de pervertidos: el archivo Epstein, el poderoso productor Weinstein, las saunas de la familia de Begoña, cloacas, proxenetas, pederastas… y eso en los países donde hay libertad de prensa. Lo que pasa en las férreas dictaduras no lo sabemos. Y que no lo sepamos no quiere decir que no ocurra; pero, como los ojos no lo ven, nuestro corazoncito no lo siente.
Felipe González, Jordi Sevilla, Nicolás Redondo, García-Page… peligrosos subversivos para la nueva secta, donde la discrepancia y la crítica están prohibidas y penalizadas por sus fanatizados seguidores. Les han lavado el cerebro con el potente detergente Ultraderechín. Solo hay que repetir consignas que vienen desde arriba. Ya pueden salir evidencias de corrupción a porrillo, que todo son bulos, fango, y la culpa de perder las elecciones en Aragón, por ejemplo, la tiene Lambán. Mientras estén contentos comunistas, independentistas y los herederos de ETA, la cosa seguirá su curso.
Si en épocas anteriores hubo una dura batalla por salvaguardar la libertad amenazada, tendremos que continuarla en nuestros días. Cuando te quieren imponer un relato oficial, un cambio de sistema político o una ideología determinada, o cuando te roban descaradamente, no te puedes convertir en su cómplice. Hasta Felipe González es un disidente.