El Museo del Prado recientemente ha conseguido recuperar una valiosa pintura que en 1897 había sido robada. Se trata de una escena piadosa que representa a la santa madre de la Virgen María, la cual está representada como si estuviera aprendiendo a leer o ejercitándose en la lectura de un libro sagrado del pueblo de Israel. Es preciso constatar que en el Museo del Prado eran dos los cuadros de referencia, ambos del mismo tema y obra de Murillo.
La ocasión que condujo al descubrimiento del cuadro robado en el Museo del Prado fue que en un museo de la ciudad del Pau al sur de Francia, según comprobaron muy prestigiosos especialistas, desvinculados de ambos museos, la obra de Murillo depositada en el museo del Pau era la misma que había desaparecido del Prado.
Si bien el Museo del Prado tuvo su inicio en el año 1819, anteriormente existieron en España unos antecedentes que pueden considerarse como una muy insigne base de dicho museo. Tales fueron las copiosas colecciones de obras de arte, especialmente pinturas realizadas por prestigiosos autores que adornaban palacios e iglesias. Respecto quede todo ello, hemos de reconocer el interés mostrado por diversas reinas amantes del arte e impulsadas por un afán coleccionista de preciosos elementos dignos de admiración y que con frecuencia eran de carácter piadoso.
Una de las mujeres que más destacó por su autonomía en la elección de obras de pinturas adquiridas por ella misma y ahora depositadas en el Prado, fue la reina consorte casada con el rey de España Felipe V. Se llamaba Isabel de Farnesio (Farnese en italiano) y formaba parte de la familia que poseía y gobernaba con independencia el ducado de Parma. Sentía ella una gran admiración por la pintura flamenca de Italia y otros lugares, pero al trasladarse a España adquirió un gran aprecio por el estilo que imperaba en la península y sobre todo en Andalucía, donde destacaban la serenidad y la belleza de las pinturas obras del pintor Bartolomé Esteban Murillo.
Otra notable colección de pinturas adquiridas por Isabel de Farnesio provenían de las que había coleccionado la reina Cristina de Suecia, la cual se convirtió a la fe católica habiendo para ello renunciado a la dignidad de reina de su país, que había aceptado el luteranismo. Algunas de esas pinturas están integradas también en el Museo del Prado.
Isabel de Farnesio al establecerse en España fue adquiriendo una especial estima por la pintura española y sobre todo por la que en Andalucía llevaba a cabo Murillo, el cual se distinguía reflejando acertadamente en sus figuras las expresiones, los sentimientos y las emociones. Además Esteban Murillo destacaba como persona muy bondadosa y de arraigados sentimientos cristianos, tal orno se ponía de manifiesto en su vida y en sus obras de arte.
El cuadro de mayor tamaño en que aparecen Santa Ana y su hija la Virgen María, ésta a modo de una niña de unos diez años, donde se destaca una singular expresión de serenidad y confianza. La madre muestra las características de una edad un tanto avanzada y su vestidura muestra un colorido discreto aunque muestra la elegancia propia del estilo barroco predominante en la pintura andaluza, mientras que en la figura de la niña aparece la aplicada atención que está prestando a la enseñanza que recibe. La elegancia de sus vestidos y su color rosáceo destacan la modestia que predomina en toda su persona, así como la humildad que deriva de una muy elevada visión espiritual. A esta excelsa plenitud de María la «llena de gracia» hace referencia la corona de flores que unos ángeles en lo alto del cuadro se disponen a glorifican a la destinada a ser la Madre del Salvador.
A la contemplación de este cuadro de Murillo, me parecen oportuno adjuntar un párrafo de la valiosa obra literaria titulada «Mística Ciudad de Dios» escrita por la monja sor María de Ágreda (1602-1665) tratando con gran extensión de la vida de la Virgen María y de la doctrina teológica con ella relacionada.He aquí un texto en el que esta ilustrada monja alude al aprendizaje de la futura madre de Jesús: «No fue menos admirable la humildad y obediencia de la Santísima Niña en dejarse enseñar a leer y otras cosas, como es natural en aquella tierna edad. Hiciéronlo así sus santos Padres, enseñándola a leer y otras cosas; y todo lo admitía y aprendía la que estaba llena de ciencia infusa de todas las materias criadas, y callaba y oía a todos con admiración de los ángeles, que en una niña miraban una peregrina prudencia. Su madre santa Ana según el amor y luz que tenía estaba atenta a la divina Princesa, y en sus acciones bendecía al Altísimo...» («Mística Ciudad de Dios», II, cap, 15).