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Felipe

| Menorca |

Mentar hoy a Felipe pude inducir a equívocos, pero en 1982 no era necesario decir su apellido para saber de quién estábamos hablando. Si Adolfo Suárez y su entorno fueron, previa demolición de las estructuras franquistas, los arquitectos de la Transición, no cabe duda de que el principal constructor de nuestra democracia fue Felipe González Márquez, algo que el sanchismo trata de obviar en su ruin reescritura de la historia de nuestro país.

Como una enorme mayoría de la sociedad española, yo también me contagié de la ilusión que, tras el susto del 23F, transmitió ese socialismo con marchamo de modernidad que Felipe supo imprimir al PSOE, previa renuncia a los delirios marxistas y a la parafernalia violenta que arrastraba el partido socialista desde tiempos de Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto, personajes siniestros que trataron de convertir España en el primer satélite europeo de la URSS.

González, sin renunciar a la herencia histórica recibida de su partido, supo poner un punto de inflexión y hacernos creer que el viejo socialismo español podía ya asimilarse a la socialdemocracia europea. Y así fue durante su largo mandato, ciertamente, con sus luces y sus sombras, entre las que estuvo la corrupción galopante que minó el PSOE de los años 90 y que le hizo perder esa abrumadora mayoría que le otorgó el pueblo español en 1982, 1986, 1989 y 1993.

En contraste, Pedro Sánchez -hoy en día, el principal detractor de Felipe- no ha ganado jamás unas elecciones, ni siquiera por mayoría simple, implantando esa política carente de ninguna clase de moral ni ideología y cuya finalidad es la de mantener las constantes vitales del líder a costa de venderse al peor postor.

González contribuyó decisivamente a la modernización de nuestro país y obligó también a que nuestra derecha democrática evolucionase desde el rancio franquismo del que surgió hasta lo que es hoy el Partido Popular que, con todos sus defectos, constituye en este momento la formación más poderosa del centroderecha europeo.

De Felipe se podrán decir muchas cosas, buenas y malas, pero jamás se me ocurriría cuestionar, por ejemplo, su patriotismo, cualidad que no adorna precisamente al actual presidente del Gobierno.

Por eso, escuchar los rebuznos que, desde el entorno hooliganesco del sanchismo, se braman a diario produce náuseas a quienes en algún momento lejano de nuestras vidas creímos que el PSOE era una posible solución y no el problema.

En este contexto, no me extraña que elementos mediocres del sanchismo como el fracasado Óscar López -que parece trabajar para que Isabel Díaz Ayuso revalide cómodamente su mayoría absoluta-, o lacayos serviles como Félix Bolaños, María Jesús Montero o el inefable bachiller Patxi López, carente de oficio o beneficio, se hagan sus necesidades encima cada vez que el viejo Felipe abre la boca, porque saben que jamás le llegarán a la suela de los zapatos y que gente de toda condición y orientación ideológica lo escuchan con atención.

Capítulo aparte merece el episodio de Óscar López y su ofensa gratuita a la memoria del recientemente fallecido Javier Lambán. El sanchismo fagocita a sus predecesores como Saturno devoraba a sus hijos, pero ni siquiera siendo un ingrato traidor hace falta exhibir tanta miseria moral.   

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