Escribo estas líneas sábado 14 de febrero de 2026, mientras la Crew‑12, después de 34 horas de vuelo, se está amarrando a su «plaza de aparcamiento» en el módulo Harmony de la Estación Espacial Internacional, sin haber podido olvidar la imagen que quise enviar al diario «MENORCA» a principios de diciembre de 2025: la fotografía histórica de la ISS con todas sus «plazas» ocupadas, los ocho puertos de atraque llenos a la vez.
Esa instantánea, conseguida cuando dos naves Dragon y una Cygnus americanas, dos naves Soyuz y dos Progress rusas, así como la nave de carga japonesa japonesa HTV‑X1 estaban acopladas simultáneamente al complejo orbital, condensa, como pocas cosas, el espíritu de cooperación que el espacio aún es capaz de ofrecernos en medio de un clima geopolítico cada vez más enrarecido.
En la Tierra hablamos de bloques, sanciones y desconfianza mutua; en órbita, en cambio, la seguridad de la tripulación depende de que estadounidenses, europeos, rusos y japoneses compartan datos, procedimientos y responsabilidades en una estructura de metal que da la vuelta al planeta cada 90 minutos. La reciente misión Crew‑12, lanzada ayer tras un aplazamiento por mala meteorología y finalmente despegada rumbo a la ISS con cuatro astronautas a bordo en una nave Dragon de SpaceX, vuelve a demostrar hasta qué punto el trabajo en equipo es literalmente una cuestión de vida o muerte cuando hablamos de vuelos tripulados. De los cuatro tripulantes de la misión Crew-12 la más destacada es la francesa Sophie Adenot, piloto de helicópteros y la primera astronauta de la European Space Agency. Que hoy pueda escribir estas líneas precisamente mientras esa cápsula se acopla a su puerto en Harmony es casi un guiño del calendario: el «aparcamiento» del laboratorio orbital se llena y vacía en una coreografía milimétrica que solo funciona si todos los socios cumplen su parte.
La foto de la ISS «completa» que acompaña a este texto no es solo una curiosidad técnica para aficionados al espacio; es también una metáfora de nuestro tiempo. Nunca antes, en sus 25 años de historia, la estación había colgado el cartel de «completo» con ocho naves a la vez, y quizá no vuelva a repetirse en otras ocasiones antes de su retirada a partir de 2030, cuando será sustituida por una constelación de estaciones comerciales y nuevas plataformas lunares. Mientras empresas como Darpa estudian cómo desplegar una infraestructura lunar optimizada y Redwire firma contratos para diseñar plataformas de alunizaje y otros elementos de esa futura economía cislunar, la vieja estación sigue recordándonos que la ciencia y la tecnología solo tienen sentido si se ponen al servicio de algo que nos trasciende: comprender mejor nuestro planeta y aprender a convivir en él.
No todo son buenas intenciones, por supuesto. Hace unas semanas, una posible colisión entre satélites obligó a la NASA a coordinarse con China en una colaboración de emergencia inédita hasta ahora, demostrando que también en la órbita baja empezamos a rozar los límites de la congestión y la competencia por el espacio. Al mismo tiempo, países asiáticos como Filipinas y Malasia se suman a los Acuerdos Artemisa, comprometiéndose a unas reglas de juego compartidas para la exploración lunar, mientras la misión Artemisa II prepara ya su despegue con una tripulación que volverá a llevar seres humanos a la órbita de la Luna. En ese contexto, la foto de los ocho puertos ocupados y el discreto acoplamiento de la Crew‑12 a su «plaza» dicen mucho más de lo que parece: apuntan a un futuro en el que o aprendemos a coordinar rutas, datos y normas, o acabaremos trasladando a la órbita el mismo caos que generamos aquí abajo.
ESCRIBO ESTO DESDE MENORCA, una isla pequeña que vive del equilibrio delicado entre turismo, medio ambiente y comunicaciones, y quizá por eso la Estación Espacial Internacional me interpela de una forma especial. Desde allí arriba se estudian fenómenos que afectan de lleno a nuestros mares, a nuestras costas y al clima mediterráneo, y se hacen experimentos que buscan mejorar la observación de la Tierra, las comunicaciones por satélite o la gestión de recursos en un planeta finito. En un momento de graves problemas geopolíticos, nacionales y autonómicos, detenernos un instante en esta tarde de febrero para mirar la imagen de la ISS ‘llena’ y pensar que, justo ahora, una nueva Dragon se está amarrando a su sitio puede ser una forma sencilla de recordar que no todo son muros y trincheras. También estamos construyendo, pieza a pieza, un espacio común sobre nuestras cabezas.