Diez mujeres asesinadas en cincuenta días. Nada cambia. Los periódicos apenas le dedican un rinconcito al último crimen machista; parece que no interesa, que no despierta suficiente morbo. Que son cosas, como se decía antes, que debían quedar entre las cuatro paredes de la víctima. Incluso escuchas atrocidades del tipo «algo habrá hecho» o «a saber por qué». Millones de euros de recursos públicos dedicados a publicidad sobre el asunto, miles de policías involucrados, charlas en los colegios, los famosos puntos violeta… infinidad de ideas para contener esta lacra y ha tenido que ser una mujer mayor, violada durante años, la que aporte el punto de vista más interesante: «Que la vergüenza cambie de bando». La francesa Gisele Pelicot puso el dedo en la llaga. Porque aquí, para vergüenza de todos, todavía la mirada cuestionadora y la palabra dudosa se la lleva la víctima. La mujer.
Mientras se destapan casi a diario nuevos casos de cerdos en puestos de responsabilidad en las instituciones públicas que acosan, y hasta violan, a sus subordinadas, apenas hay culpabilización. Ahí debería estar el foco. Además de todo lo que ya se hace. Deberíamos aislar socialmente al agresor, convertirlo en un paria, privarlo de todo, señalarlo con el dedo con todos los medios, divulgar su foto, sus vicios, su depravación. Convertirlo en el enemigo público número uno. Eso no acabará con la violencia sexual, pero proporciona cierto consuelo, la certeza de saber que vivimos en una sociedad sana que no tolera la agresión, la humillación y la muerte. Tampoco estaría de más instruir a todas las niñas de todos los colegios del país en artes marciales y defensa personal, ya que de adultas no les dejarán portar armas.