Nuestras necesidades son simples, nuestros deseos complejos, cuando nuestros deseos sean nuestras necesidades, nos sentiremos satisfechos. En el S. III a.C. surge como corriente filosófica el estoicismo, posiblemente el estoico más universal sea el emperador Marco Aurelio el cual nos dejó su obra «Meditaciones», origen de la mayoría de esas reflexiones que salen en los calendarios y que siempre nos preguntamos: ¿quién habrá escrito esto?, pues eso, Marco Aurelio. Existe una edición actualizada de la que aconsejo su lectura -incluso su aplicación-. «No podemos controlar lo que nos pasa, pero sí la forma en que nos afecta, cómo lo percibimos y cómo reaccionamos».
Las reproducciones reducidas de objetos grandes nunca se ajustan plenamente al original, son copias con pretensiones. Desde niños estamos familiarizados con los globos terráqueos, elemento obligado de esa foto escolar que nos hacían para regocijo nuestro y orgullo de nuestros padres. Los globos terráqueos de buena factura tiene una gran belleza; sobre una esfera perfecta la capa decorada que la envuelve, nos muestra un mundo real con montes y ríos o ficticio con países, incluso los hay antiguos y hasta mitológicos; pero todos invariablemente, supongo que por comodidad, tienen el mismo error, están construidos en base a una esfera perfecta. El planeta tierra es un «geoide en revolución» según la definición técnico-científica; los primeros astronautas que saliendo de una órbita cercana se alejaron lo suficiente –ruta a la luna–, la describieron así: «un balón deformado, abollado con protuberancias y achatado en los polos».
Entre los postulados de la famosa «Agenda 2030», como dogmas asumidos por una legión de devotos, figura el Cambio Climático, antes llamado Calentamiento Global –coincidiendo en nombre y final con una película erótica–; sus apóstoles predican futuros apocalípticos y posibles remedios, con ello sienten aliviar sus conciencias -mientras consumen comida basura envuelta en plásticos-, es su contribución a la salvación de la tierra; si coinciden con alguno, huyan rápidamente antes de que les amargue el día –¡cansinos son!, tú-. Los expertos, esos en los que nadie cree desde la pandemia, no se ponen de acuerdo; hay demasiados intereses económicos en que este garlito. «El clima en la tierra está cambiando», ¡pues claro! como no va a cambiar, si somos un «geoide en revolución» una esfera irregular en continuo movimiento, una gran masa que tras millones de años enfriándose transita desde una bola de fuego hasta –no lo veremos, espero– una bola de hielo. Desde que el planeta se forma los elementos –sólidos, líquidos y gaseosos– que alberga permanecen dentro del espacio que ocupa. Lo mismo ha estado siempre aquí, lo que hace millones de años estaba líquido ahora está solidificado, y lo que estaba solido se ha derretido o evaporado o vaya usted a saber; pero vamos, nada ha salido ni entrado del exterior. Resumen del guion, hace 300 M (millones) de años la actividad volcánica provocó lluvias torrenciales durante 2 M de años –y se quejan los gallegos-, la evaporación resultante ocultó el sol y produjo la congelación durante 70 M de años; y desde entonces en esto estamos, evolucionando.
En la evolución natural el cambio es lento, el problema estaría en un cambio brusco y repentino, algo que solo sería posible si ocurriese un cataclismo natural o provocado. Como ejemplo de provocado valdría una guerra nuclear generalizada, descartable considerando que el ganador –el primero en apretar el botón– tampoco lo contaría. Nos queda por tanto el cataclismo natural, algo que, considerando que el planeta está «vivo» y que se está moviendo y enfriando, no es descartable; pero ahí no podemos hacer nada, vulcanólogos y geólogos aciertan menos que los meteorólogos en sus predicciones –que ya es decir–. La Aemet predijo en diciembre que este sería el invierno más caluroso del último siglo, y resulta que estamos en el tercero más frío; se ha dado récord de frío en distintos puntos del planeta; la primavera pasada la predijeron como la más seca del último siglo, y tuvimos que salir a nado; lo dicho, no aciertan una, salvo, claro está, que la idea no sea predecir sino asustar. A mí me convence más lo del meteorito gigante, lo veo más factible, primero porque hay antecedentes –que se lo pregunten a los dinosaurios– y segundo porque, con la cantidad de pedruscos gordos que hay dando vueltas, la probabilidad de que nos acierte uno es elevada. Y aquí es donde entra el estoico Marco Aurelio y sus «Meditaciones», «Si la causa de tu desazón es ajena a ti, si no puedes hacer nada por evitarla, resígnate». Sé de buena tinta, que están preparando un cohete para Marte, allí no habrá este problema, como ya está frío. Quizá demasiado, ¿no?