Vivimos el 23 F en un cuartel de la Guardia Civil, en la avenida Madrid, de Barcelona, donde residíamos. Cada tarde varios hijos de guardias en aquel microcosmos que era el cuartel dentro de la gran urbe, nos reuníamos en el bar del mismo recinto.
Hablábamos mucho de fútbol, acudíamos a todos los partidos del Barça en el Camp Nou, a pocos metros del acuartelamiento, pero sobre todo mostrábamos indignación e impotencia hacia ETA porque día sí y día también asesinaba a «uno de los nuestros», cualquier modesto guardia civil destinado en el País Vasco la mayoría de las ocasiones. A Toni González Herrera, uno de aquellos colegas, también hijo del Cuerpo, aunque algo mayor que el resto, lo matarían los etarras el 27 de marzo de 1987 en un puesto de vigilancia del puerto de Barcelona. Un coche bomba fue detonado a escasos metros y dejó desparramado su cuerpo joven, de 26 años, sobre el asfalto.
La tarde del 23 de febrero de 1981 la conversación cambió de tono. Los que se significaban abiertamente progresistas en aquel grupito del cuartel bromeaban señalando que ellos siempre habían sido de derechas pero, por si acaso, habían decidido marcharse a estudiar a Francia, mientras que los más radicales exhibían un moderado entusiasmo, sobre todo, porque de triunfar el golpe la mano dura acabaría con el terrorismo.
La mayor preocupación del que suscribe fue aquella larga noche aguardar el regreso a casa del Capitán Urbano, un guardia civil íntegro y ecuánime, que había sido movilizado y acuartelado en cuanto se conoció el asalto al Congreso. Cuando volvió, tras el discurso de Juan Carlos I, aportó toda la calma a la incertidumbre: «Tranquilos, el rey ha hecho lo que tenía que hacer y no va a pasar nada».
Ese episodio capital de la historia de España que abundó en la reconciliación pergeñada por los políticos de talla que teníamos entonces, independientemente de su ideología, confirmó el advenimiento de la democracia, tras un ejemplo de unidad que hoy, lamentablemente, parece una auténtica utopía.