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Una se acostumbra a todo

Nadie está contento

| Menorca |

Cuando me mudé de casa en 1997, lo primero que hice fue comprar una hermosa buganvilla roja con la esperanza de que cubriera toda la pared de mi diminuta terracita. Pasaron los años y tuve que acabar cediendo a su inmensa tozudez, ya que nunca conseguí lo que quería. Ella explotaba cada primavera y así alimentaba mi ilusión, pero además de no crecer nunca más de un metro y medio, al llegar el otoño sucumbía a su propio carácter pesimista y volvía a quedar pelada y enjuta, como si ya nada le importara. Recuerdo que le dediqué muchas líneas en mi columna dominical del periódico, y que a veces la comparaba a mi corazón, porque sus comportamientos eran muy parecidos. Al volver a mudarme en 2007 fue lo único que me llevé, y la puse de nuevo en un rincón de la terraza, bastante má s grande. Pensé que si le daba el sol de lleno crecería como nunca antes lo había hecho. Pero no fue así. Nada ha cambiado.

Ahora mismo parece que va a florecer -y lo hará-, pero dentro de poco volverá a quedarse como muerta, desganada de todo. Quería escribir un artículo sobre aquellas cosas que no nos dejan estar contentos. Pero son tantas, que aquí solo me cabrían unas pocas. Por ejemplo, ahora mismo, no están contentos los médicos, tampoco los agricultores, ni los usuarios del tren, mucho menos los afectados por las recientes tragedias climáticas, no lo están los jóvenes que no encuentran casa, por no hablar de los inmigrantes vilipendiados en tantas partes del mundo. Los hoteleros y empresarios nunca están contentos (por ejemplo, ahora mismo están en guerra con los influencers, por sus reseñas negativas). Nadie está contento. Y, sin embargo, todos quieren estar aquí. Aunque sea porque no queda más remedio, todos resistirán, y volverán a explotar en algún momento, como mi buganvilla, y entonces parecerá que algo bueno va a pasar.

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