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Cargarse hasta lo que funcionaba bien

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No sucede en todos los casos, ni mucho menos, pero sucede. A veces da la impresión de que quieren sofocar los servicios públicos que más favorecen a la comunidad. Ocurre por desidia, por ignorancia, por peregrinas razones y hasta por un afán de transformación que no se necesita o porque fue iniciativa de otros. Incluso por el ansia de darle la vuelta para implantar una supuesta mejora, con olvido de que lo mejor es enemigo de lo bueno.

Días atrás nos lamentábamos del decaimiento del transporte por ferrocarril, al conocer un calamitoso accidente y un enjambre de penosas réplicas que se produjeron en jornadas sucesivas y que desmoralizaron a los usuarios. Pero no es esta la única parcela que se ha ido deteriorando en los últimos tiempos. Otras podríamos añadir a la lista de quejas.

No es poco anómalo lo que está ocurriendo en el servicio de Correos, a cuya destrucción sistemática estamos asistiendo (bien lo saben los menorquines). De haber sido una empresa modelo en el reparto de la correspondencia se ha pasado a un desbarajuste de tal grado que se ha impuesto una grave desconfianza en la ayuda esperable. Antes decían que si una carta no llegaba era porque no había sido escrita. Ya no se puede decir lo mismo y además las que llegan lo hacen fuera del tiempo deseable. ¡Cuántas citas de la Seguridad Social se pierden por no recibir el aviso a tiempo! ¡Cuántas advertencias y notificaciones se han evaporado o llegan cuando el plazo legal ha concluido! Las consecuencias negativas jamás serán asumidas por los irresponsables.

No estoy hablando de lo que ignoro, porque las experiencias sufridas darían para un largo escrito, como podrían corroborar por otra parte una multitud de ciudadanos. Sufro por el daño que están causando a la difusión de la prensa, porque de una entrega puntual, sólo condicionada por la distancia que media hasta el receptor, se ha pasado a una arbitraria distribución que atrasa la lectura hasta extremos fuera de toda consideración.

No es normal que durante el mes de agosto solo me llegaran media docena de ejemplares de este diario, pero avanzado septiembre recibía un requerimiento para recoger los restantes en la sucursal correspondiente. Allí me presenté y manifesté mi extrañeza por un volumen tan cuantioso. «Es que no cabía en su buzón», me explicaron. «Claro -argüí educadamente- si no lo traen cada día y esperan un mes, lo acumulado casi superará la mochila del cartero. Si hubieran tardado más tendría que haber venido con el coche o con el carro de la compra». Es la consecuencia de no suplir a los funcionarios que marchan de vacaciones.

Con ocasión de las Navidades muchos empleados, enfermos o con libranzas, no han sido sustituidos. A finales de enero esperaba con ganas a que me llegaran los ejemplares posteriores al día 5, cruzando los dedos para que vinieran todos, porque a lo dicho debo añadir que de tanto en tanto algunos se pierden por el camino. ¿Cuántos de los suscriptores de nuestro diario están dispuestos a leer las noticias de su isla con una semana de retraso (en el mejor de los casos), si amigos y familiares les han contado sobre la marcha cuanto de novedoso se ha producido en la tierra que añoran?

Es mucho más productivo para la empresa enviar a sus trabajadores a que repartan paquetes o que en sus oficinas les pongan a promocionar seguros, lotería, cuentas bancarias o todo aquello que les aporte ganancias superiores a las escuálidas cartas. A este paso el fin es el previsible: suprimir el servicio o privatizarlo.

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