El presidente de Francia, Emmanuel Macron, rabia por convertirse en un líder, cosa que uno mismo no puede forzar, sino que han de ser los demás quienes lo decidan. Hay muchas formas de definir a un líder; la más sencilla es: la persona a la que la gente quiere seguir. Esto, evidentemente, se le escapa al aprendiz de Napoleón. Lleva Macron meses ofreciendo pomposas ruedas de prensa -la grandeur no se les olvida- rodeado de militares y con rutilantes armas como telón de fondo, desde buques de la Armada hasta aviones de combate y, ahora, submarinos nucleares. Un hombre que habla de las típicas bobadas con las que se llenan la boca todos los políticos, pero que en privado comparte vicios con sus homólogos en la corte europea y permite que su mujer le abofetee como a un niño malcriado. Pero este señor tiene lo que pocos: armas atómicas. Y eso hace la diferencia. Lo mismo que le sucede a Rusia, China o Corea del Norte, nadie se atreve a toserle.
Por desgracia, aquí se ve lo equivocado que estaba el fenecido Alí Jamenei, que nunca quiso que Irán desarrollara armas atómicas por considerarlo contrario a la fe islámica. Así ha acabado. En un mundo feroz donde el matón más agresivo es el que manda, Macron aspira a entrar en el club de quienes deciden el futuro del planeta. Enemigo histórico de Alemania e Inglaterra, ahora van de la mano buscando rivales imaginarios a los que combatir. ¿Por qué? Porque ellos han sido incapaces de llevar a sus países a buen término. La crisis económica devora Francia, Reino Unido y Alemania y la crisis social por la inmigración masiva amenaza con causar conflictos internos. La salida fácil para ganar popularidad es empuñar un arma poderosa y meterse con el más débil.