Con el inicio de los preparativos para la temporada turística nos llega una noticia sorprendente: este año tampoco se tomará medida alguna para limitar la circulación de automóviles en las carreteras de la isla. Eso queda, si acaso, para el año que viene. Las declaraciones del conseller de movilidad merecen algún comentario, aunque venga, como en este caso, de un forastero.
Empecemos por recordar lo que está en juego. En lo más inmediato, la congestión viaria durante la temporada alta es sencillamente insoportable: carreteras saturadas, conducción a menudo temeraria y dificultades de aparcamiento en playas, calas y núcleos urbanos hacen que cualquier desplazamiento suponga como mínimo una molestia, y a menudo una aventura de riesgo. Por otra parte, se hace necesario habilitar espacios de aparcamiento en los núcleos urbanos que compiten con usos quizá más necesarios, como la construcción de viviendas. La situación reclama un remedio urgente.
Pero no es eso lo más grave: posponer un año más la adopción de limitaciones a la circulación de automóviles responde a una visión equivocada del futuro de la isla, porque significa prolongar un año más un modelo de desarrollo que es, para la Menorca de hoy, una vía muerta. Es la del «más de lo mismo». Cuando un país inicia su desarrollo, echa mano para ponerse en marcha de los recursos más a su alcance: la belleza natural y la mano de obra barata en la Menorca de los sesenta. Pero, como esos recursos no duran siempre, porque la belleza se agota y la mano de obra se encarece, hay que aprovecharlos para desarrollar actividades más productivas, que permitan un aumento continuado del nivel de vida. Menorca, como otros lugares de España, no lo ha hecho, o lo ha hecho sólo a medias. Los recursos ganados por el turismo no siempre se han invertido en actividades más productivas: un turismo de mejor calidad, más formación, creación de marcas propias, de nuevas empresas… hay ejemplos, pero no son suficientes. El producto ha seguido creciendo, pero la renta per cápita disminuye, porque los nuevos trabajos tienen un rendimiento inferior a los antiguos. Un caso similar es el de Elche, que fue llamada la «capital mundial del calzado» hasta que llegaron competidores más baratos. El «más de lo mismo» lleva indefectiblemente a una trampa de la que cuesta salir: las necesidades van creciendo, los medios de satisfacerlas se estancan. Y no podemos quedarnos donde estamos, porque otros menos ricos quieren ocupar nuestro lugar. El turista que venía a Menorca pronto irá a Croacia. El hotelero que invirtió en Menorca invierte ahora en Albania.
Volvamos al asunto de la limitación de vehículos, síntoma de una estrategia de desarrollo equivocada. El conseller de movilidad da dos argumentos que justifican el aplazamiento: uno, que carece de datos precisos. Otro, que ha sufrido presiones. El primero no merece comentario, porque es una pésima excusa. Vayamos al segundo. ¿Que ha sufrido presiones? Naturalmente: ¿qué esperaba? Es ley de vida que en todo cambio hay quien gana y quien sale perdiendo. En este caso, los perdedores son pocos, empresas de alquiler de vehículos sobre todo, pero sus pérdidas pueden ser apreciables. Los ganadores, todos los ciudadanos, somos muchos, pero la mejora individual suele ser pequeña. Protestan los perdedores, mientras los ganadores… callan. Exenta de contrapeso, la presión sobre el conseller se hace intolerable. Pero no olvide el conseller que, en este caso, la pugna no es, como se dice, un juego de suma cero. Si no se limita el número de vehículos, todos perdemos algo; si se toma la decisión correcta, todos, incluso los perdedores, ganamos algo. ¿Qué es lo que ganamos? Una isla mejor, y un futuro más seguro para todos. Para compensar las presiones que se ejercen sobre el conseller, sería bueno que quienes ganen con la limitación de vehículos lo hagan saber a los responsables políticos, que estos desarrollen un plan y lo sometan periódicamente a los ciudadanos para su aprobación informal. Así se hizo en Formentera con gran éxito. Aún hay tiempo antes del verano.