Es sabido que el tejido empresarial español (3.5M de empresas activas) está formado mayoritariamente por empresas muy pequeñas: 50% son personas físicas, sin empleados, 43% microempresas, hasta 9 empleados, 0.6% medianas, hasta 250 empleados y 0.2% grandes empresas. El 82.8% en el sector servicios y el 5.4% en la industria «estricta». En esta distribución cabe una fuerte discusión académica, que vamos a dejar para otro día.
Un mar de un minifundismo empresarial muy deficiente. Es conocido que al ganar tamaño las empresas ganan en productividad.
Del estudio de la Fundación AFI Emilio Ontiveros se desprenden muchas enseñanzas, aunque los titulares sigan siendo los mismos, pero con algunas novedades optimistas. La producción aparente por empleado respecto la U.E. es un 20% inferior, pero las pymes españolas han convergido en margen sobre ventas y en rentabilidad sobre activos desde la Gran Crisis financiera. Se ha ganado eficacia operativa y se ha capitalizado. Los fondos propios sobre el activo ya se sitúan en el 50%, al tiempo que bajaba la deuda.
El estudio mencionado se pregunta cómo es posible la mejora de la rentabilidad de las empresas con una productividad baja; la explicación no puede ser otra que los costes laborales unitarios son un 20-30% inferiores a los de la zona euro. Un ajuste necesario en el corto pero que no afronta el problema a largo.
Por otro lado, también sabemos (R. Torres, El País, 30 Nov 2025) que la subida en escala de los «servicios no turísticos», que engloban una amalgama de actividades profesionales, de consultoría, tecnología, investigación, logística, finanzas dirigidas a las empresas, se ha incrementado en un 21% en los últimos 5 años y explica más de la mitad del avance del PIB en este periodo.
Hay que añadir que estos servicios no turísticos son relativamente intensos en inversión en intangibles, como la conectividad digital, el capital tecnológico y las aplicaciones lo que, por otro lado, les dificulta el obtener financiación tradicional bancaria. ¿Qué colateral pueden ofrecer?
De una primera lectura se desprende que aumentar el tamaño e invertir en actividades de mayor valor añadido es el camino por recorrer, aunque debería complementarse en el «como trabajamos», organización, tecnología, procesos, talento y gobierno corporativo.
Cómo somos capaces de darle dinamismo al tejido productivo (sea servicios, industria o agricultura), con nuevas ideas e iniciativas, cómo formamos alianzas y ganamos dimensión, cómo conseguimos que las organizaciones empresariales inviertan en la mejora del sector con intangibles en formación e información-inteligencia y cómo establecemos con la Administración más próxima unos acuerdos a nivel local para caminar en el mismo sentido, con actuaciones transversales que fijen el talento y movilicen las iniciativas.
No se trata de ninguna novedad, es lo conocido, lo que hemos aprendido de la experiencia, pero, que, sin embargo, parece muy difícil de lograr. Aunque tenemos ejemplos muy próximos según cuenta el influyente economista de Oxford Paul Collier (1949).
Ha buscado aquellos aspectos o elementos que hacen que un territorio sobresalga. Pone el énfasis en acentuar el contexto local, la descentralización, acercar las políticas a los ciudadanos; «el líder con perfil bajo que se gana la confianza», la influencia de la Comunidad, el volver a la «filosofía moral». Dar ejemplo.
Estas son las cualidades que llevan a la prosperidad.