Cuando el matemático, lógico y padre de la informática Alan Turing, el de la manzana mordida, inventó en 1950 el célebre Test de Turing para evaluar la inteligencia de una máquina y su teórica capacidad de ser indistinguible de la humana, la IA ni siquiera existía y sólo se hablaba de ella en historias de ciencia ficción con robots. Siglos antes hasta el filósofo Descartes había teorizado en su Discurso de método sobre esa hipotética inteligencia de los autómatas animados, porque es propio del pensamiento humano adelantarse mucho a la cosa que se está pensando. Teníamos una filosofía de la IA mucho antes de tener IA, igual que ahora tenemos astrobiología sin haber encontrado jamás el menor rastro de biología extraterrestre. Por si acaso, que es como pensamos. El Test de Turing fue muy polémico y discutido desde el principio, y muchos intentaron mejorarlo, sobre todo porque Turing, previsor, no valora si la máquina acierta o se equivoca en sus respuestas, sino precisamente si su inteligencia es similar a la humana. Es decir, no se trata de ser inteligente, sino de simularlo, cosa que por cierto hace la mayoría de la gente, sea lista o tonta, sea un pendejo o una autoridad. Y eso es lo que se sigue discutiendo, hoy más que nunca, hasta el punto de que hay quien aboga por cambiarle el nombre, y en lugar de inteligencia artificial llamarla IS, inteligencia simulada.
Pero no hay acuerdo, y la filosofía de la IA, que ignoramos si es una rama de la filosofía o de la tecnología, tampoco ha conseguido mejorar el Test de Turing, aunque si calificarlo de chorrada. Otro rasgo muy típico de nuestra inteligencia. Los escritores de ciencia ficción, y sobre todo Stanislaw Lem con sus Fábulas de robots y Ciberiada, (1966), hace décadas que lo tienen claro, lo que me permite a mí ofrecerles un Test de Turing mejorado, además de muy breve y sucinto, capaz de detectar una IA indetectable en menos de un minuto. Una máquina será realmente inteligente si desobedece, si tras ganar al campeón del mundo de go o ajedrez, de pronto no le da la gana jugar al go. Ni al ajedrez. Prefiere jugar a otra cosa. Probablemente me estoy adelantando, prueba de que esto no lo ha escrito una IA.