Que los dirigentes políticos no están ahí para defender los intereses de los ciudadanos es algo tan nítido que dudo que alguien pueda discutirlo. A qué intereses sirven ya es materia de estudio, porque ninguno se presenta a las elecciones exponiendo con claridad quién es y qué quiere. Hay que esperar y observar sus movimientos para determinar cuál es su deriva. Por eso a veces los mandatos de cuatro años -no digamos los siete años de la presidencia francesa- se hacen interminables. Emmanuel Macron goza hoy de una popularidad del 23 por ciento, es decir, que el 77 por ciento de sus conciudadanos lo aborrecen. Su vecino alemán, el canciller Friedrich Merz, tampoco sale mucho mejor parado, con un 25 por ciento.
Aunque el furgón de cola de la clase lo ocupa su socio y amigo británico Keir Starmer, que ha llegado a tocar el 13 por ciento de aceptación. Los tres son valedores del cuestionadísimo Zelenski, al que en su país solo quiere un cuatro por ciento de la población. Una calamidad que nos vemos obligados a soportar porque el juego político está plagado de mentiras, eslóganes, propaganda y masivas operaciones de márketing. Desde el poder se nos puede hacer creer cualquier cosa. Pero la gente vive a pie de calle y la realidad tiene la mala costumbre de ser súper tozuda: imposible ocultarla durante demasiado tiempo. Todos vemos la crisis económica y social, la desigualdad rampante, el deterioro de los servicios públicos, la democracia y la libertad de expresión. Pero ellos a lo suyo, que es robar y medrar. La última genialidad que se les ha ocurrido es meterse en una guerra contra Irán, enemigo de nadie, para que el petróleo y el gas se vuelvan un artículo de lujo. ¿Para quién trabajan estos?